Comer animales

Que el título de este libro refleja un dilema moral se puede comprobar si se piensa que todas las religiones incluyen indicaciones respecto a qué se puede comer y qué no. Por poner unos ejemplos, los hindúes son lacto-vegetarianos, mientras que los judíos kosher, entre otros alimentos, no pueden tomar cerdo y, por otro lado, los musulmanes exigen que el animal que van a comer haya sido sacrificado de una manera específica.

Estoy convencido de que, por regla general, no somos conscientes cuando comemos carne de que estamos comiendo algo que fue parte de un ser vivo no hace mucho tiempo. Y, cuando digo ser vivo, no lo digo como algo abstracto, sino como un animal que siente, sufre, tiene instintos y necesidades y que podía haber correspondido a cualquier ser humano que le hubiera tratado con cariño.

Simplemente vemos comida, que es algo que nos apetece, que necesitamos y que no hemos probado hace tiempo (sea ese tiempo una hora, medio día o, en el peor de los casos, días). Y, cuando lo probamos, está bueno e incluso muy bueno, y sentimos placer al saborearlo. Es más, aunque esté regular, o mal, la necesidad de comer es esencial para sobrevivir, así que no nos planteamos mucho el origen de la comida, sino que comemos. En esos momentos no hay ningún dilema moral, sino una necesidad vital de subsistir. Así que como para plantearnos ciertas cosas.

Puede que haya ciertas ocasiones en las que estamos aburridos, con las defensas mentales bajas, o, simplemente, que vemos la pata de jamón que vamos a empezar a cortar y, claro, está tan entera, recuerda tanto a la pata de un cerdo de verdad, de esos que hemos visto en la tele, que recordamos que fue un animal. En ese momento, para no cuestionarnos nada más de la cuenta, pensamos que fue un cerdo feliz, que disfrutó por el campo, que tuvo una vida larga, que le cuidaron para estar sano (al fin y al cabo, es para consumo humano), le dieron de comer sano (comiendo bellotas por la dehesa), hasta que le llegó su hora y aquí está, a punto de ser laminado a las manos de un experto cortador jamonero (aunque sea tu obeso pariente lejano). Es su finalidad. Es para lo que le hemos dado una buena vida, así que lo justo es comérselo. Además, está tan bueno.

En el libro de Jonathan Safron Foer, autor que no conocía antes de leer el libro, pero que tiene una cierta reputación con escritor de ficción, alguno de cuyos libros ha sido llevado a la gran pantalla (por ejemplo, “Todo está Iluminado” o la próxima “Tan fuerte tan cerca”, con actores como Tom Hanks o Sandra Bullock, y dirigida por Stephen Daldry), a lo que he descrito anteriormente se le denomina algo así como “el contrato social”, y es una de las justificaciones que las personas se dan a sí mismos para comer animales.

El problema es que si nos lo ponemos a pensar, no hay una gran justificación moral. Matamos a los animales y nos los comemos. Venimos haciendo esto desde que el hombre es hombre. Al fin y al cabo, también al ser humano se lo zampan algunos animales a la menor oportunidad. Por tanto, es una mera cuestión de supervivencia. Comes porque lo necesitas para sobrevivir. Y son animales porque son una buena fuente de sustento, por sus proteínas, hidratos de carbono, grasas, calorías, etc.

La única diferencia es que antes los hombres salían a cazar y, en grupo, aunque uno también sospecha que el más fuerte, ese que era el jefe y se llevaba a todas las hembras de calle, daba el golpe de gracia al animal y volvía al poblado con carne fresca, para que todos comieran. Ahora, sin embargo, tenemos mataderos, donde camiones hasta arriba de animales llegan todos los días y descargan su mercancía para, como en una cadena de montaje cualquiera, ir masacrando todas y cada una de esas vidas para convertirlas en comida inerte que podamos llevar a nuestros platos. Hemos convertido una actividad de supervivencia en una industria más de nuestra sociedad moderna. Y este aspecto de dar de comer, el hecho de que sea una industria, tiene una gran importancia en el libro de Foer.

Supongo que ser vegetariano es una cuestión de elección, pero tampoco muy especialmente razonada, sino que simplemente surge de un convencimiento interior. Se es vegetariano, o no se es. Y si no lo eres, lo que le pasa a la mayoría de las personas, asumes que hay que matar a esos animales cuya carne te vas a comer. De hecho, hasta se trata de un acto que, en ocasiones, tiene algo de acontecimiento social, como las matanzas en los pueblos.

Sólo recuerdo haber presenciado la muerte de un animal una vez, si no tenemos en cuenta las veces que hemos pisado hormigas, cazado lagartijas o matado cucarachas, claro. Y fue en el pueblo. Se trataba de sacrificar una oveja. La gente llevó al animal a una especie de establo que había y mientras uno preparaba el cuchillo, cuatro o cinco personas rodearon el animal y le sujetaron con fuerza.

Tan pronto sintió la oveja la presión de las personas y cómo una le levantaba la cabeza para dejar su cuello expuesto para el del cuchillo, el animal comenzó a pegar chillidos agudos que lo inundaban todo. Chillaba sin parar, cada vez más alto, mientras veía cómo se acercaba su verdugo. Y en cuanto sintió cómo le clavaba el cuello en su garganta y empezaba a cortar, si creías que antes estaba chillando con todas sus fuerzas, te dabas cuenta de lo equivocado que estabas. Trataba de mover las piernas, escaparse. No quería morir. Pero era inevitable. La sangre brotó y brotó, y, poco a poco, los chillidos pararon mientras el animal se quedaba sin aire y sin vida. Cuando empezaron con el tema de abrirla en canal y descuartizarla me dijeron que si me quería acercar, pero, simplemente, me di la vuelta y salí a la calle.

No fue agradable. Pero tampoco fue algo odioso. Simplemente pensé que me daba pena el animal, pero que era necesario. No me parecía que el que la había matado fuera alguien malvado. Alguien tenía que hacerlo. Y, desde luego, no fue una experiencia traumática, ni me hizo ser vegetariano. De hecho, ni se me pasó por la mente una idea así.

Cuando he conocido a algún vegetariano declarado, la verdad es que lo primero que he sentido es un cierto rechazo, supongo que por la idea primaria de que no es algo muy natural que digamos. También creo que he sentido curiosidad, pero, en esencia, mi impresión es que ser vegetariano es una de esas cosas raras que hace la gente rara.

El gran mérito del libro es que, en realidad, no va sobre las razones para ser vegetariano o no. Va sobre el trato a los animales. O, más bien, sobre la industria de la carne de animales.
Porque, volviendo a lo que decíamos antes, el matar animales y convertirlos en comida es una gran industria. Si te lo pones a pensar, es verdad que dar de comer a, ya, 7.000 millones de personas todos los días debe ser una tarea enorme. Y la mayoría de ellos comen, y quieren comer, animales. Y no sólo eso. Además, quieren que sea barato. Y esto último es muy importante. No entenderíamos que darnos de comer fuera cada vez más caro, y tener que renunciar a comer animales simplemente por un tema monetario.

Y es aquí donde el libro sigue el razonamiento lógico que lleva el planteamiento anterior: la gente quiere comer animales, y que sea barato. Y lo que cuenta es de una obviedad aplastante. Ni siquiera necesitas comprobar todos y cada uno de las cosas o datos que te cuenta, perfectamente documentados en 76 páginas de notas.

Así, ves sucederse razonamientos como el amontonamiento de animales en granjas industriales. Por ejemplo, el hecho de que el espacio medio que tiene un pollo a lo largo de su vida sea el equivalente a un folio. También está la manipulación ambiental para engañar a la naturaleza y lograr que la carne crezca lo más posible en el menor espacio de tiempo. La manipulación genética, que lleva a buscar especies animales que maximicen la cantidad de carne, a pesar de que pueda suponer deformaciones o incapacidad para ser un animal y vivir independientemente en el campo.

Como el hecho de que las deformaciones anteriores llevan a animales enfermos, que son tratados masivamente con antibióticos para que no mueran. De hecho, parte de la carne que comes son de animales enfermos en el momento de su muerte, pero, qué más da. Como algunos se vuelven locos por el confinamiento y, de ese modo, es práctica habitual amputar el pico a pollos y pavos, o cortar el rabo a cerdos.

Las sorprendentes estadísticas de la edad media de los animales se suman a la relación de hechos que se suceden a lo largo del libro junto con otras tan obvias como el de qué hacemos con la cantidad de mierda que producen tanto animales, lo que da lugar a lagunas enteras de excrementos, o a que los animales que vas a comer crecen confinados y amontonados sobre sus cagadas y pises. O, ¿cómo diablos alimentamos a tantos animales, si queremos que crezcan para que los podamos matar y comérnoslos? Y el hecho de que la mayor parte del maíz y otros alimentos que se produce se destina al ganado, y de que, por el hecho de que las granjas industriales necesitan energía, controlar la temperatura, grandes campos de cosechas para alimentar los animales e, incluso, el transporte hasta el matadero, que da igual que suponga grandes distancias y un nuevo amontonamiento de animales estresados que puede suponer incluso, en ocasiones, su muerte; todo lo anterior no hace sino que soportar la afirmación de que la industria alimenticia es la mayor contribuyente a la emisión de gases que conducen al cambio climático. Pero, claro, hay que comer carne.

Y rematamos con la descripción de cómo se lleva a cabo el sacrificio de los animales en los mataderos. Y, como en una película de terror, tenemos animales que están siendo descuartizados, o mejor dicho, procesados, mientras aún están vivos. Cómo los trabajadores de los mataderos, muchos de ellos trabajando en condiciones que muchos no podríamos ni soportar, matando un animal tras otro, terminan realizando actos crueles contra los animales, como quemarlos, cortarlos o torturarlos.

Todo lo anterior, y muchas otras cosas, se suceden a lo largo del libro para explicarnos cómo la industria de la carne, y también la de los peces (con detalles sobre las piscifactorías que se asimilan a cualquier granja industrial o la pesca masiva/intensiva, que no discrimina, y que masacra bancos enteros sin reparar en especies), provee de alimentos a la humanidad. Tal vez sea la única forma. Tal vez, simplemente, dado que nos da igual si para comer carne tenemos que matar animales, más igual nos va a dar cómo se cosechan y se sacrifican los animales. Mientras no seamos conscientes de ello, mientras no conozcamos el sufrimiento de los animales, mientras podamos ver la carne, no como algo que una vez fue un ser vivo, sino como un producto más, la industria tiene un gran margen para actuar del modo que le proporcione una rentabilidad mayor. Y, también, así podrá ofrecer la carne más barata para que podamos comprar medio kilo en lugar de un cuarto.

Cuando lees el libro piensas que es tan lógico lo que cuenta que te preguntas por qué no te lo habías imaginado. Y la respuesta es sencilla. Porque no has querido. Es preferible no pensar en ello. No darle vueltas a la idea de que cada filete que comes fue una vez un animal que nació, creció y murió. Por qué ibas a querer pensar en ello. ¿Acaso pretendes que se te indigeste la comida?

Pero el libro también cuenta con dos defectos. En primer lugar, es tremendamente local. Y describe la industria americana. Cuenta con todo lujo de detalles su comportamiento. Lo que, inevitablemente, te lleva a pensar si aquí también pasan estas cosas. ¿De verdad la pata de jamón serrano fue un cerdo que corrió libre y feliz por la Dehesa, comiendo bellotas sin parar, jugando con sus hermanos, tratando de aparearse hasta que le llegó su hora? ¿O en realidad ha crecido en una granja cerrada, en un espacio reducido, sin capacidad para relacionarse con sus congéneres, comiendo lo que ponían, engordando y, cuando entra en la pubertad, metido en un camión y sacrificado?

No tengo respuesta. Nos cuentan que han estado en contacto con la naturaleza. También que ha comido bellotas caídas del árbol o, igual, eso es lo que preferimos entender. En realidad, puede haber comido bellotas, sí, recogidas de los campos y servidas en su espacio, junto con antibióticos, para amortiguar sus dolores. No soy capaz de saber qué proporción de animales crecen como verdaderos animales (que los habrá, estoy seguro) y qué proporción son simplemente un producto recolectado. Lo que sí es verdad es que una vez me presentaron un proyecto de granja de pollos que tenía todas las técnicas de control ambiental que cuenta el libro con el fin de que crecieran rápidos, más gordos y pudieran ser sacrificados antes, lo que, indudablemente, suponía una rentabilidad mayor. Pero desconozco si la carne que estoy comiendo es la que se describe en el libro, o si es la que todos nos imaginamos. Desde un punto de vista mercantilista, cuesta creer que no sea así o que, al menos, no termine siendo así en el futuro.

El segundo pero del libro es su activismo, que resulta tremendamente molesto. Porque el autor toma claramente partido. No por el vegetarianismo, como era de esperar. Sino contra la carne obtenida a través de granjas industriales. Afirma poder entender, e incluso defiende, la carne producida a través de granjas tradicionales, de las que cuidan de los animales, con un granjero que sabe quién es cada uno de los que tiene, a pesar de la castración, del marcaje o similares técnicas tradicionales (y que también critica).

Pero no sólo los defiende, sino que incita a actuar de la misma manera. Y este activismo es excluyente, del que a la vez que defiende, ataca a los que no se comporten del modo que llega a concluir como ideal, o lógico. No se trata sólo de una obra de divulgación. Se trata de un manifiesto propagandístico con un toque de rechazo hacia los que, pese a conocer los datos, decidamos actuar de otra manera. Nunca me han gustado estas posiciones, puesto que adolecen de un cierto tufillo de intolerancia ya que, al fin y al cabo, rechaza de entrada a todo aquel que no comulgue con las ideas y posición de su autor.

El escritor del libro se enfrenta a un dilema frente al hecho de comer animales, que es una constante durante su infancia y juventud. Decide informarse para tomar una decisión. Comparte el resultado de esa investigación. Llega a una conclusión. Y trata de convencerte de que esa posición es la única lógica después de lo que ha expuesto. Todo está muy bien, y el trabajo divulgativo es impresionante, pero, como lector, me gustaría que me dejaran llegar a mis propias conclusiones y que tomara mis propias decisiones, sin que me traten de presionar con la opinión que resultaría si en lugar de actuar de una manera, actúo de otra.
Lo que nos lleva a la que supongo es la pregunta final. Una vez que he leído el libro, ¿he cambiado de vida? ¿Me he hecho vegetariano? ¿Me he apuntado a ONG activistas defensoras de los derechos de los animales?

La verdad es que sé que no voy a renunciar a comer animales. Entiendo que existen numerosas razones para no comerlos. Basta unos segundos para pararse a pensarlo, para encontrar motivos para no hacerlo. Y, quizás, esa es mi actitud. Si puedo escoger entre comer carne, o no hacerlo, va a haber más ocasiones que antes en las que tenderé a no hacerlo. Será una decisión razonada, no el seguimiento de un instinto.

Pero también habrá ocasiones en las que no las haga, bien porque no puedo elegir, por cortesía, por etiqueta, o, simplemente, porque en ese momento me apetece. Y no quiero sentirme culpable por hacerlo. Me alegra pensar que en una sociedad, y un país, con el nivel de desarrollo como aquel en el que vivo, las posibilidades de elegir y decidirme por comida vegetariana serán mayores. De hecho, estoy convencido de que comeré menos carne que antes.

Pero lo haré de vez en cuando. Es posible que hasta incluso algo de carne caiga todos los días. Así que los amigos de las posiciones maximalistas me dirán que eso no es ser vegetariano. Y tendrán razón. No lo seré. Comer, y comer animales, es un instinto que seguimos por una cuestión de supervivencia. La razón prevalece en ocasiones sobre los instintos. En otras, no. Me gustaría que cuando como carne, el animal que como haya tenido, al menos, una vida, y, ojalá, una vida feliz. Pero no podré estar seguro de que haya sido así. Y, aun así, comeré carne.

Me gusta pensar en que el gran avance de la humanidad es poder elegir. Y me sentiré mejor aquellas ocasiones en las que pueda, y quiera, elegir no comer animales. Pensaré que servirá para algo, aunque sólo sea para mí mismo. Pero no sucederá siempre. Y lo sentiré por los animales, cuyo sufrimiento imagino mejor gracias a este libro. Supongo que es frustrante pensar que son la parte débil de esta película. Y que no todas las películas pueden tener un final feliz.

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Tom Knox y la decadencia de Occidente

Nec deus intersit, nisi dignus vindice nodus.
Horacio, Ars Poetica

Los atribulados fans de Michael Peinkofer estarán de enhorabuena, porque acabo de descubrir un escritor aún peor. Se trata de alguien que firma ahora sus novelas como Tom Knox… aunque dejando entrever que se trata del afamado novelista inglés Sean Thomas. Es comprensible, de todos modos, que el autor haya renunciado a su propio nombre.  Como “Sean Thomas”, se ganó el Bad Sex in Fiction Award del 2000, el premio a la peor descripción del fornicio en novela o cuento. No me atrevo a copiar el fragmento que le mereció el premio, porque esta gente mala aunque famosa, suele tener unos abogados grandes, gordos y despiadados. Este artículo de The Guardian contiene el fragmento de marras:

El libro que ha provocado esta reseña se llama Las Marcas de Caín, y lo compré porque se anunciaba como una novela sobre los agotes, o cagots. Los agotes habitaban, al menos desde la Edad Media, un área muy similar a la de los vascos, repartidos entre Francia y España. Nadie sabe si eran realmente un grupo étnico o un gremio caído en desgracia. Tema interesante, ¿no?

Pues Tommy sólo consigue una peli escrita más sobre nazis en la Mesopotamia. ¿Se ha preguntado alguna vez porque hay tantas novelas baratas sobre nazis y, en el caso español, sobre la guerra civil? Muy sencillo: nuestra sociedad está tan feminizada que somos incapaces de retorcerle el cuello a un pollo incluso si tenemos hambre y no hay nada más para comer. ¿Para qué? De eso ya se ocupa alguien: el carnicero, o el matadero, o quien quiera se dedique a retorcer el cuello de los pollos que, inevitablemente, nos tenemos que zampar. Este conjunto de “valores” deslavazados nos hace decir chorradas como ninguna guerra es justa. Supongo que esto incluye a la Segunda Guerra Mundial… no, espera: los nazis eran especialmente malos, inhumanamente malos, extragalácticamente malos, y con esta categoría de extramalos (que no incluye a Atila, Genghis Khan o al expansionismo soviético) está bien arrear algunas hostias. En pocas palabras, si eres uno de esos escritores de médula más bien blandita y quieres escribir un thriller en el que se repartan leches, tienes que buscar un “malo” que se lo merezca. En el extranjero, el malo termina siendo un nazi. Aquí somos más garbanceros y nos conformamos con la guerra civil.

(y eso no quita que los nazis, en efecto, hayan sido unos hideputas redomados)

En el bodrio de Knox hay nazis muy malos, y un terrorista vasco también muy malo que incluso come carne humana, pero que hace lo que hace porque, en realidad, no es vasco sino el penúltimo de los agotes (así se queda bien con todo el mundo, porque creo que ya no quedan agotes por ahí). Estos nazis supermalos, ¡descubrieron el ADN durante la Segunda Guerra Mundial! Lo que significa:

  1. Que Tom Knox no tiene ni zorra idea sobre Biología Molecular.
  2. Que a Tom Knox se la trae completamente floja el punto anterior.
  3. Por otra parte, ¿qué narices significa “descubrir el ADN”? ¿Se refiere al descubrimiento de la estructura helicoidal, o al descubrimiento del código genético? Bueno, qué más da: a Knox se la suda.
  4. En realidad, esto es lo que se llama un descarado deus ex machina. ¿Que se me ha complicado un argumento? Bueno, hacemos que Winston Churchill sea pariente lejano de Mahatma Gandhi, que los sumerios inventen la electricidad o que los delfines decidan irse a otro planeta. En algunos casos, el recurso incluso tiene gracia. Knox no tiene ninguna.

Por otra parte, no espere una gran prosa de un tipo que ha ganado el Bad Sex in Fiction Award. El protagonista conoce a la que va a ser su chica, y a los cinco minutos, el terrorista vasco se la folla (malamente) en su presencia. El terrorista vasco va repartiendo pseudo frases en euskera… que parecen sacadas de un refranero vasco. Esto es lo mismo que tener un personaje americano en una novela española, profiriendo cada pocos párrafos reflexiones como “another one bites the dust” o “mamma mia, let me go”.

El prota es un pedorro blandengue llamado David Martínez, que se pasa la novela creyendo que es un agote, y que al final resulta ser tan vasco como Eskubi Du. El tipo se lleva a la chica, la misma que se ha beneficiado consentidamente el terrorista, y además la deja preñada (¿no es un poco infantil?). Eso sí, David no pega una triste bofetada en provecho propio. Siempre son otros quienes se encargan de usar la violencia por él (¡la división social del trabajo!). Ah, e incluso sale el homosexual que manda la cuota, que para ahorrar en reparto, está enrollado con un subsahariano homosexual (lo queman vivo con gasolina). El mariquita que sobrevive es escocés, por cierto. En las pelis americanas de terror, siempre matan primero al negro.

En pocas palabras: imagine que Michael Peinkofer es Joaquín Sabina. Pues bien, en tal caso Tom Knox sería Melendi. Hay que saber distinguir entre lo malo, lo peor y lo puto peor. Queda advertido…

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Ligeia, y el libre albedrío

And the will therein lieth, which dieth not. Who knoweth the mysteries of the
will, with its vigor? For God is but a great will pervading all things by nature
of its intentness. Man doth not yield himself to the angels, nor unto death
utterly, save only through the weakness of his feeble will.

Joseph Glanvill

Lady Ligeia era una anomalía del Universo: era muy inteligente y, además, estaba muy buena. No se trata de prejuicios personales, sino de que la inteligencia y la belleza son variables estadísticamente independientes, y la probabilidad conjunta se obtiene multiplicando las probabilidades individuales. Para rematar, se trataba de una especie de aristócrata. Lo digo por lo de lady, aunque después de conocer la existencia de una tal Lady Gaga, me asaltan las dudas.

Nuestra señorita era también gótica. En el siglo XIX las góticas no eran esas gorditas perforadas que se pasan con el maquillaje, con las que nos tropezamos en la calle cuando no están viendo True Blood o la enésima repetición de Buffy Cazavampiros. Para empezar, por entonces no existían las neveras, y el chocolate se conservaba muy mal. Una gótica deprimida no podía echarse en brazos de los señores Ben&Jerry o Häagen-Dazs, y creo que tampoco vendían nachos o patatas fritas con sabor a bacon. De hecho, las antiguas góticas no necesitaban echarse sombra en los ojos ni polvos para resaltar su palidez, porque de ello ya se encargaba la tisis. No obstante, Lady Ligea, además de inteligente y buenorra, era gótica.

Pero Ligeia padecía unos cuantos problemas existenciales. Tenía un marido borracho y opiómano, que pretendía vivir literalmente del cuento (Edgar Allan Poe, por supuesto). Y estaba obsesionada con algo tan natural como hacerse vieja y morir. Para evitar esto último, se puso a estudiar a gente como Joseph Glanvill, que a pesar de estar entre lo más granado de la racionalidad ilustrada inglesa, escribió libros como Saducismus Triumphatus, dedicados a demostrar la existencia de las brujas. Ligeia, además de gótica, era un poco hippie y perroflauta…

Al final, la chica dio con algo que parecía una buena y potente receta, que lamentablemente requería leche de armadillo. No se sorprenda: el armadillo es un mamífero, por lo que sus hembras dan leche. Y tienen pelos. Existen conejas lecheras y una raza de hamsters lanudos, a los que hay que trasquilar con tijerillas de uñas. De modo que, al menos teóricamente, se puede ordeñar un armadillo.

Por lo tanto, Ligeia y su maridito se fueron de excursión a su palacio en la Selva Negra, porque sospechaban que por ahí debía pastar el penúltimo de los armadillos teutones. Efectivamente, encontraron huellas del animalito, y una noche de luna nueva le dieron caza, lo atraparon y ordeñaron, no sin cierto esfuerzo. Prepararon la pócima y la señora se la bebió. Sus ojos brillaron en la noche sin luna… hasta que de pronto le entraron terribles retortijones, cayó al suelo y estiró convulsivamente ambas patas. Y es que los protagonistas no habían reparado en el sexo del animalito ordeñado.

Años más tarde, Edgar Allan Poe dio otro braguetazo, esta vez con una rubia, Lady Rowena Trevanion, de Tremaine. Me chiflan estos apellidos nobles, ¿a usted no? El caso es que la rubita, tras meses de presunta felicidad matrimonial, cayó también enferma y finalmente se reunió con su Creador. El borrachuzo de Poe recordó entonces que Ligeia había amenazado con volver, y empezó a flipar con las transformaciones que el cadáver de la rubita parecía sufrir. Al final, parece que la Voluntad de Ligeia terminó por apropiarse del cuerpo de Rowena. Y cuando Poe retiró las tiras del sudario que cubrían el pelo de la difunta, descubrió que la rubia se había vuelto morena… o que Ligeia se había posesionado de los restos mortales de Rowena… o yo qué sé.

Y ahí se acaba el cuento.

El problema del libre albedrío

Ahora viene la parte un poco más seria de todo este asunto, y primero pondremos el foco sobre Joseph Glanvill. Resulta que las dos citas de Poe que éste atribuye a Glanvill, ¡son falsas! (la segunda está en A Descent into the Maelström, y aunque hay algo parecido en las obras de Glanvill, ha sido alterada por Poe). La razón de tanta saña con el personaje es que, como ya dije, el señor compuso un libro sobre brujas. Lo gracioso de todo este asunto es que Glanvill, en sus tiempos, pasaba como “racionalista”, e incluso fue acusado de ateo por sus contemporáneos. En mi opinión, esto es una buena razón para evitar extrapolar categorías contemporáneas a personajes históricos. Es cierto que los seres humanos seguimos siendo prácticamente los mismos, pero las circunstancias en las que vivimos nos obligan a actuar de manera muy variada.

De todos modos, lo de “seriedad” va por lo de la fuerza de voluntad, y una de sus implicaciones: el libre albedrío. Por supuesto, la idea tras el cuento es un disparate: Ligeia cree que basta con no querer morirse para no alimentar a los gusanos. Naturalmente, lo que puede “sobrevivir” de esa manera es el alma, y Poe resuelve el problema haciendo que la señorita pida prestado el cuerpo de Rowena para alojar su software fantasmal. Los escépticos profesionales pondrán carita de asco ante la idea, pero los escépticos profesionales suelen ser gente muy aburrida.

La inmensa mayoría de los científicos y filosófos serios (este último grupo no es muy grande) opina que el libre albedrío, la “fuerza de voluntad” y esas cosas son meras ilusiones. Imagine que son las 7:00 de la mañana, que acaba de despertar y que tiene que “decidir” el momento exacto para levantarse de la cama. Ese momento, ¿es realmente una decisión suya? ¿O es una consecuencia de una cadena de reacciones químicas y eléctricas en su cuerpo y cerebro? En cualquier caso, la ilusión de que ha sido usted quien ha “decidido”, es muy fuerte.

¿Nos sirve de algo saber que la voluntad es una ilusión? La inmensa mayoría de las personas decentes (esto excluye a muchos filósofos y científicos sociales) opina que no. Dicen que cierto filósofo romano, de los decentes, sorprendió a uno de sus esclavos robándole. El esclavo quiso ampararse en el determinismo, y se justificó diciendo que la culpa no era suya. Que la Naturaleza y la Sociedad habían tendido sus redes de acero para obligarle a robar. “He sido predestinado para robarle, amo”, dijo. Y el filósofo respondió: “y yo he sido predestinado para azotarte, bribón”.

En pocas palabras: es muy probable que el libre albedrío sea una mera ilusión. Pero la forma de vivir más sensata es fingir que existe.

El libre albedrío y la cosmología

¿Qué me ha llevado a escribir sobre Ligeia? Evidentemente, no ha sido mi “libre albedrío”. Hace poco, repasando libros sobre mecánica cuántica y cosmología, encontré una interpretación de la función de onda que me hizo ver cómo la ilusión del libre albedrío se ha colado en nuestro sistema científico.

La ciencia se basa en la experimentación y, en buena medida, en la repetibilidad de los experimentos. Si el investigador decide repetir (aproximadamente) un experimento, los resultados del mismo deben ser (aproximadamente) iguales. En el mundo cuántico, esta repetibilidad es incluso más importante, porque las leyes cuánticas tienen son probabilistas: un único experimento casi nunca es capaz de confirmarnos la validez de una teoría.

Quejarse de la creencia en el “libre albedrío” es estúpido, en la mayoría de los casos: la medición de interferencias entre partículas es un experimento lo suficientemente “local” para no preocuparnos por la influencia del entorno sobre nuestras propias decisiones. Pero cuando aumentamos la escala del experimento, la situación cambia. ¿Es posible hablar de una interpretación probabilista de la función de onda a nivel cosmológico? ¿Podemos repetir el Big Bang? ¿Es válido pretender la existencia de observadores externos al sistema cuando el sistema es nuestro Universo?

No tengo respuestas para estas preguntas, por supuesto. Mientras tanto, hagamos lo más razonable, que es fingir la existencia del libre albedrío. Yo no me refugiaré en determinismos culturales o genéticos para justificar mis fallos. Me exigiré a mí mismo el máximo, y también a quienes me rodean. Si pillo a un ladrón en mi balcón, lo tiraré a la calle. Y si, a pesar de todo, algún alma sensible y progresista me critica por hacerlo, le contestaré que no fue culpa mía, sino de la sociedad que me produjo y de mi genética.

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The Fairy Feller’s Master-Stroke

La lluvia ácida disuelve mis sueños, pero la reina necesita un carruaje, y los mejores se construyen vaciando una avellana. Se necesita un golpe seco de hacha para abrirla, y sólo el duende leñador posee la fuerza necesaria. Pido permiso a Oberon y Titania pues, de lo contrario, la Belleza Dormida nunca despertará de su letargo.

Acuden soldados y comerciantes, amas de llaves y bailarinas, truhanes y labradores, y enanos oscuros y deformes pero llenos de indignación. El Patriarca con su barba blanca ocupa el centro de la escena, y comparte sombrero con un rostro enorme que no todos pueden ver. El rostro, a su vez, comparte rasgos con el perfil de un mono, formado también con el traje rosa del individuo situado a la derecha del fairy dandy. Su cabeza deforme es, al mismo tiempo, un ojo del mono y del rostro oculto. ¿Ya lo has visto?

Entonces llega el Pedagogo y se acuclilla horrorizado, como el proctofantasmista en la noche de Walpurgis, pues sabe que está a punto de producirse una tragedia. Y mientras, el pintor se pregunta, una y otra vez, should I add snow to the painted ivy?

The Fairy Feller’s Master Stroke es un extraño cuadro del inglés Richard Dadd, pintado en el manicomio de Bedlam, donde lo habían internado tras asesinar a su padre con un cuchillo. Es difícil no relacionar el cuadro con el asesinato, y aunque la conexión es tenue y fantasmagórica, se han escrito tesis serias y eruditas sobre el asunto. Un psicólogo (créame) es capaz de cosas peores…
Hay, sin embargo, dos rostros ocultos en el centro del cuadro. El propio Dadd escribió un enigmático poema llamado Elimination of a picture and its subject, que parece indicar que existe algún simbolismo del que era consciente el propio demente.  Confieso que soy incapaz de entenderlo.

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Three Roads to Quantum Gravity

¿Imagina cómo habría sido vivir en tiempos de Galileo, Descartes o Newton? No me refiero a los problemas con el agua corriente, los orinales y el escorbuto, sino a la posibilidad de leer los escritos originales de estos científicos, y poder seguir el desarrollo de nuestra ciencia moderna en primera línea. O a lo mejor no: ¿habríamos sido capaces de adivinar que a Descartes se le había ido la olla con su teoría de los vórtices? ¿Cómo habríamos reaccionado al enterarnos de que Galileo mentía al pretender que arrojaba cosas desde la Torre de Pisa a los transeuntes? En cualquier cosa, lo cierto es que por aquellos tiempos no existía Amazon…

Loop Quantum Gravity

Hace poco escribía en este blog sobre la ecuación de Wheeler-DeWitt, como la base de las especulaciones de Julian Barbour sobre el tiempo. Pero el libro de Barbour no habla gran cosa sobre esta ecuación. No es que Three Roads… le dedique mucho más espacio, pero al menos he encontrado más información. Si me lee algún físico, que me corrija esto que voy a intentar explicar: Resulta que la famosa ecuación es un intento correcto de cuantizar las ecuaciones de Einstein de la Relatividad General (RG). Es “correcto” en el sentido de que aplica el mismo truco utilizado para convertir a la Mecánica Cuántica otras teorías “clásicas”. Pero el planteamiento original de la ecuación era demasiado complicado como para buscar soluciones exactas de la misma. Por fortuna, a un tal Amitabha Sen se le ocurrió una forma ingeniosa de reescribir las fórmulas de la RG que la convertían en ecuaciones más elegantes y asequibles. Su trabajo fue completamente desarrollado por Abhay Ashtekar, físico estadounidense de origen indio. Este avance fue aplicado a la ecuación de Wheeler-DeWitt y permitió, por primera vez, obtener la primera solución exacta de la misma. Aquí es donde aparece nuestro amigo Smolin. En 1990, Carlo Rovelli y él encontraron toda una serie de soluciones exactas de la ecuación que constituían una base de la misma. Lo de “base” significa que puedes fabricar cualquier otra solución de la ecuación con una combinación lineal de elementos de esta base. Lo interesante es que estas soluciones describen bucles cerrados en el espacio: cada elemento de la base es un bucle “discreto”, descrito por una función espacial que tiene bastante en común con otra función exótica: la función delta de Dirac. Da la casualidad, además, que estos bucles imitan la estructura de un invento del gran Sir Roger Penrose, conocido en inglés como spin networks. Este resultado es una de las indicaciones más convincentes de que, en el micronivel, el espacio y el tiempo son entidades también discretas, como pretendía Wheeler. ¿Problema solucionado? No del todo. Es difícil entender cómo estas spin networks, al llegar al límite “clásico”, generan la geometría que observamos cada día. Además, las spin networks son estructuras espaciales, que no incluyen el tiempo (técnicamente, se aplican al “grupo de rotaciones espaciales”, no al grupo de Lorentz del espaciotiempo tetradimensional). Hace falta más avances en este área, y ya hay físicos y matemáticos investigando estructuras más potentes, como el spin foam. En cualquier caso, esta línea de investigación tiene algo que le falta a la teoría de supercuerdas: que es, según la jerga de los físicos, background independent. En pocas palabras: que la geometría del espacio y el tiempo se deduce de la propia teoría (o ese es el objetivo), y no se fija a priori, como ocurre, desgraciadamente, en la teoría de supercuerdas. Pero, si se ha dado cuenta, hay cierto parecido entre bucles cerrados que generan el espaciotiempo y cuerdas que se mueven sobre un fondo geométrico preestablecido. ¿Es posible que ambas teorías sean visiones parciales de una misma teoría más potente? Es lo que cree Smolin, y así concluye este libro.

La secuela

Three Roads… termina con un bautismo de buen rollito, de solidaridad profesional y de esperanza para afrontar el luminoso futuro. A poco de publicarse el libro, Lee Smolin tuvo una sonada discusión con Leonard Susskind a cuento de la “teoría” del paisaje cósmico y otros mitos inverificables que se utilizan para justificar los fracasos de la teoría de supercuerdas. Lee le dijo a Leonard que era más escurridizo que el bosón de Higgs y Leonard le respondió que tenía menos luces que un agujero negro (visto desde fuera, y obviando la débil radiación de Hawking) y que le era imposible confiar en alguien que tuviese un hermano abogado. Esto cabreó profundamente a Smolin, que decidió enterrar la pipa y desempolvar el hacha, y ser sincero por una puñetera vez.

El profesor Morrongo hace una pausa tras leer a Smolin


Entonces escribió un libro llamado The Trouble with Physics, y se quedó a gusto retratando a los sectarios de las cuerdas como vividores del presupuesto público y pajilleros matemáticos, de esos que decoran su habitación con fotos de Hypatia de Alejandría. No soy físico, pero intuyo que Smolin tiene razón. Es verdad que Lee lleva gafas y tiene el aspecto de un tradicional vendedor de aceite de serpiente, pero Susskind tiene una pinta de jesuíta pedorro y pederasta que tira de espaldas.

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Samuel Johnson’s Insults

Samuel Johnson's Insults: A Compendium of Snubs, Sneers, Slights and Effronteries from the Eighteenth-Century MasterWhen Boswell spoke up for actors – “you never will allow merit to a player” – Johnson cried, “Merit, Sir! what merit?… What, Sir, a fellow who claps a hump on his back, and a lump on his leg, and cries I am Richard the Third?” Boswell wasn’t convinced. “My dear Sir! you may turn anything into ridicule… Who can repeat Hamlet’s soliloquy, ‘To be, or not to be,’ as Garrick does it?” Johnson replied, “Anybody may.” Pointing at an eight-year-old boy in the room, he added, “Jemmy, there, will do it as well in a week.”

Y tenía razón, el viejo gruñón. Maldita estirpe de giddy-brained merry-andrews

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L’Île des Pingouins

Desde lo alto de su vieja torre, bajo la asamblea de los astros nocturnos, Bidault-Coquille contemplaba con tristeza la ciudad adormecida. Maniflora lo había abandonado. Devorada por el ansia de nuevas abnegaciones y de nuevos sacrificios, habíase ido con un joven búlgaro a imponer en otro país la justicia y la venganza. El astrónomo no sentía su ausencia, porque al terminar el proceso enteróse de que no era tan hermosa ni tan inteligente como al principio le pareció. Sus impresiones se habían modificado en el mismo sentido respecto a otras formas y a otros pensamientos, pero lo más cruel era que se juzgó a sí mismo bastante menos interesante, menos grandioso.

Y reflexionaba:

“Te creíste sublime cuando sólo vivías de candor y de buena voluntad. ¿De qué puedes enorgullecerte, Bidault-Coquille? De haber sido de los primeros en estimar la inocencia de Pyrot y la bribonería de Greatauk?. Pero las tres cuartas partes de los setecientos pyrotinos lo sabían mejor que tú. ¿De qué puedes mostrarte orgulloso? ¿De haberte atrevido a decir lo que pensabas? El valor cívico y el arrojo militar son efectos de la imprudencia. Fuiste imprudente, sin duda, esto no es bastante motivo de alabanza. Tu imprudencia fue minúscula y sólo te expuso a peligros insignificantes; no arriesgabas la vida. Los pingüinos perdieron la soberbia cruel y sanguinaria que antiguamente dio a sus revoluciones trágica grandeza. Es el efecto fatal del decaimiento de las creencias y de los caracteres. Por haber mostrado en un punto particular más clarividencia que la mayoría, ¿mereces que te juzguen como un espíritu superior? Al contrario: creo que no mostraste, Bidault-Coquille, un profundo conocimiento de las condiciones del desarrollo intelectual y moral de los pueblos. Suponías que las injusticias sociales se hallaban ensartadas como las perlas y que bastaba sacar una para que se desgranase el collar. Era una concepción inocente. Imaginabas imponer de pronto la justicia en tu país y en el Universo. Fuiste un buen hombre, un espiritualista honrado, sin mucha filosofía experimental. Reflexiónalo bien y comprenderás que tuviste alguna malicia, pero que tu ingenuidad hasta cierto punto era engañosa. ¡Creías hacer un gran negocio moral! Premeditaste: ‘Seré valeroso y justo una vez para siempre. Podré descansar luego en la estimación pública y en el aplauso de la Historia’. Y ahora, con las ilusiones perdidas, comprendes hasta qué punto es ya difícil enderezar entuertos. Porque nada se consigue, nada se remedia. Vuelve a tus asteroides, y en lo que te resta de vida procura ser modesto, Bidault-Coquille…”

Anatole France
La Isla de los Pingüinos

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