Ligeia, y el libre albedrío

And the will therein lieth, which dieth not. Who knoweth the mysteries of the
will, with its vigor? For God is but a great will pervading all things by nature
of its intentness. Man doth not yield himself to the angels, nor unto death
utterly, save only through the weakness of his feeble will.

Joseph Glanvill

Lady Ligeia era una anomalía del Universo: era muy inteligente y, además, estaba muy buena. No se trata de prejuicios personales, sino de que la inteligencia y la belleza son variables estadísticamente independientes, y la probabilidad conjunta se obtiene multiplicando las probabilidades individuales. Para rematar, se trataba de una especie de aristócrata. Lo digo por lo de lady, aunque después de conocer la existencia de una tal Lady Gaga, me asaltan las dudas.

Nuestra señorita era también gótica. En el siglo XIX las góticas no eran esas gorditas perforadas que se pasan con el maquillaje, con las que nos tropezamos en la calle cuando no están viendo True Blood o la enésima repetición de Buffy Cazavampiros. Para empezar, por entonces no existían las neveras, y el chocolate se conservaba muy mal. Una gótica deprimida no podía echarse en brazos de los señores Ben&Jerry o Häagen-Dazs, y creo que tampoco vendían nachos o patatas fritas con sabor a bacon. De hecho, las antiguas góticas no necesitaban echarse sombra en los ojos ni polvos para resaltar su palidez, porque de ello ya se encargaba la tisis. No obstante, Lady Ligea, además de inteligente y buenorra, era gótica.

Pero Ligeia padecía unos cuantos problemas existenciales. Tenía un marido borracho y opiómano, que pretendía vivir literalmente del cuento (Edgar Allan Poe, por supuesto). Y estaba obsesionada con algo tan natural como hacerse vieja y morir. Para evitar esto último, se puso a estudiar a gente como Joseph Glanvill, que a pesar de estar entre lo más granado de la racionalidad ilustrada inglesa, escribió libros como Saducismus Triumphatus, dedicados a demostrar la existencia de las brujas. Ligeia, además de gótica, era un poco hippie y perroflauta…

Al final, la chica dio con algo que parecía una buena y potente receta, que lamentablemente requería leche de armadillo. No se sorprenda: el armadillo es un mamífero, por lo que sus hembras dan leche. Y tienen pelos. Existen conejas lecheras y una raza de hamsters lanudos, a los que hay que trasquilar con tijerillas de uñas. De modo que, al menos teóricamente, se puede ordeñar un armadillo.

Por lo tanto, Ligeia y su maridito se fueron de excursión a su palacio en la Selva Negra, porque sospechaban que por ahí debía pastar el penúltimo de los armadillos teutones. Efectivamente, encontraron huellas del animalito, y una noche de luna nueva le dieron caza, lo atraparon y ordeñaron, no sin cierto esfuerzo. Prepararon la pócima y la señora se la bebió. Sus ojos brillaron en la noche sin luna… hasta que de pronto le entraron terribles retortijones, cayó al suelo y estiró convulsivamente ambas patas. Y es que los protagonistas no habían reparado en el sexo del animalito ordeñado.

Años más tarde, Edgar Allan Poe dio otro braguetazo, esta vez con una rubia, Lady Rowena Trevanion, de Tremaine. Me chiflan estos apellidos nobles, ¿a usted no? El caso es que la rubita, tras meses de presunta felicidad matrimonial, cayó también enferma y finalmente se reunió con su Creador. El borrachuzo de Poe recordó entonces que Ligeia había amenazado con volver, y empezó a flipar con las transformaciones que el cadáver de la rubita parecía sufrir. Al final, parece que la Voluntad de Ligeia terminó por apropiarse del cuerpo de Rowena. Y cuando Poe retiró las tiras del sudario que cubrían el pelo de la difunta, descubrió que la rubia se había vuelto morena… o que Ligeia se había posesionado de los restos mortales de Rowena… o yo qué sé.

Y ahí se acaba el cuento.

El problema del libre albedrío

Ahora viene la parte un poco más seria de todo este asunto, y primero pondremos el foco sobre Joseph Glanvill. Resulta que las dos citas de Poe que éste atribuye a Glanvill, ¡son falsas! (la segunda está en A Descent into the Maelström, y aunque hay algo parecido en las obras de Glanvill, ha sido alterada por Poe). La razón de tanta saña con el personaje es que, como ya dije, el señor compuso un libro sobre brujas. Lo gracioso de todo este asunto es que Glanvill, en sus tiempos, pasaba como “racionalista”, e incluso fue acusado de ateo por sus contemporáneos. En mi opinión, esto es una buena razón para evitar extrapolar categorías contemporáneas a personajes históricos. Es cierto que los seres humanos seguimos siendo prácticamente los mismos, pero las circunstancias en las que vivimos nos obligan a actuar de manera muy variada.

De todos modos, lo de “seriedad” va por lo de la fuerza de voluntad, y una de sus implicaciones: el libre albedrío. Por supuesto, la idea tras el cuento es un disparate: Ligeia cree que basta con no querer morirse para no alimentar a los gusanos. Naturalmente, lo que puede “sobrevivir” de esa manera es el alma, y Poe resuelve el problema haciendo que la señorita pida prestado el cuerpo de Rowena para alojar su software fantasmal. Los escépticos profesionales pondrán carita de asco ante la idea, pero los escépticos profesionales suelen ser gente muy aburrida.

La inmensa mayoría de los científicos y filosófos serios (este último grupo no es muy grande) opina que el libre albedrío, la “fuerza de voluntad” y esas cosas son meras ilusiones. Imagine que son las 7:00 de la mañana, que acaba de despertar y que tiene que “decidir” el momento exacto para levantarse de la cama. Ese momento, ¿es realmente una decisión suya? ¿O es una consecuencia de una cadena de reacciones químicas y eléctricas en su cuerpo y cerebro? En cualquier caso, la ilusión de que ha sido usted quien ha “decidido”, es muy fuerte.

¿Nos sirve de algo saber que la voluntad es una ilusión? La inmensa mayoría de las personas decentes (esto excluye a muchos filósofos y científicos sociales) opina que no. Dicen que cierto filósofo romano, de los decentes, sorprendió a uno de sus esclavos robándole. El esclavo quiso ampararse en el determinismo, y se justificó diciendo que la culpa no era suya. Que la Naturaleza y la Sociedad habían tendido sus redes de acero para obligarle a robar. “He sido predestinado para robarle, amo”, dijo. Y el filósofo respondió: “y yo he sido predestinado para azotarte, bribón”.

En pocas palabras: es muy probable que el libre albedrío sea una mera ilusión. Pero la forma de vivir más sensata es fingir que existe.

El libre albedrío y la cosmología

¿Qué me ha llevado a escribir sobre Ligeia? Evidentemente, no ha sido mi “libre albedrío”. Hace poco, repasando libros sobre mecánica cuántica y cosmología, encontré una interpretación de la función de onda que me hizo ver cómo la ilusión del libre albedrío se ha colado en nuestro sistema científico.

La ciencia se basa en la experimentación y, en buena medida, en la repetibilidad de los experimentos. Si el investigador decide repetir (aproximadamente) un experimento, los resultados del mismo deben ser (aproximadamente) iguales. En el mundo cuántico, esta repetibilidad es incluso más importante, porque las leyes cuánticas tienen son probabilistas: un único experimento casi nunca es capaz de confirmarnos la validez de una teoría.

Quejarse de la creencia en el “libre albedrío” es estúpido, en la mayoría de los casos: la medición de interferencias entre partículas es un experimento lo suficientemente “local” para no preocuparnos por la influencia del entorno sobre nuestras propias decisiones. Pero cuando aumentamos la escala del experimento, la situación cambia. ¿Es posible hablar de una interpretación probabilista de la función de onda a nivel cosmológico? ¿Podemos repetir el Big Bang? ¿Es válido pretender la existencia de observadores externos al sistema cuando el sistema es nuestro Universo?

No tengo respuestas para estas preguntas, por supuesto. Mientras tanto, hagamos lo más razonable, que es fingir la existencia del libre albedrío. Yo no me refugiaré en determinismos culturales o genéticos para justificar mis fallos. Me exigiré a mí mismo el máximo, y también a quienes me rodean. Si pillo a un ladrón en mi balcón, lo tiraré a la calle. Y si, a pesar de todo, algún alma sensible y progresista me critica por hacerlo, le contestaré que no fue culpa mía, sino de la sociedad que me produjo y de mi genética.

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3 respuestas a Ligeia, y el libre albedrío

  1. nicoaragon dijo:

    Desde que me explicaron la cuestión siendo un chaval, tuve la certeza de que es un falso problema. Fíjate que dices: “¿O es una consecuencia de una cadena de reacciones químicas y eléctricas en su cuerpo y cerebro?” Y digo yo, ¿qué es un ser humano sino una cadena de reacciones químicas y eléctricas en un cuerpo y un cerebro?

    Para decir que la voluntad es una ilusión hay que creer en dos cosas contrapuestas: hay que creer en el dualismo alma/cuerpo y a la vez que sólo existe el cuerpo. Si eres estrictamente materialista (como servidor de ustedes), no tiene sentido decir que la voluntad no existe porque las decisiones tienen causas físicas. ¡Nos han jodido! ¿Qué coño van a ser si no?

    Está claro que la configuración y el funcionamiento del cerebro tienen a su vez causas físicas. Pero esa configuración y ese funcionamiento es la “personalidad”, lo que hace que yo sea como soy y no como otra persona. Y desde luego en toda una vida uno tiene tiempo de trascender los condicionantes externos y modelarse a sí mismo.

    • Ian dijo:

      Hola, Nico🙂, ¿cómo te va la vida?

      Y desde luego en toda una vida uno tiene tiempo de trascender los condicionantes externos y modelarse a sí mismo

      En efecto, esa es la idea. Somos sistemas muy complejos, y en estos sistemas, si ves las cosas desde dentro, aparecen este tipo de ilusiones. Pero hay que jugar respetando esas reglas del juego.

      Este era un señor, muy creyente, al que le tocó una inundación en su vecindario. La policía fue a su casa y le pidió que evacuara su casa. Pero el buen señor dijo que creía en Dios, y que éste lo salvaría. Luego, cuando subieron las aguas, pasó un vehículo anfibio, y el tío se volvió a negar. Finalmente, se tuvo que refugiar en el techo de la casa, y se negó a irse en un helicóptero de rescate.

      Naturalmente, se murió, y fue al Cielo. En cuanto vio a Dios, se le echó encima para recriminarle el que lo dejase morir. Y Dios le contestó: “¿serás capullo? ¡te mandé un coche de policía, un vehículo anfibio e incluso un helicóptero!”.

  2. sarah dijo:

    El chiste es tremendo, pero muy explícito.

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