L’Île des Pingouins

Desde lo alto de su vieja torre, bajo la asamblea de los astros nocturnos, Bidault-Coquille contemplaba con tristeza la ciudad adormecida. Maniflora lo había abandonado. Devorada por el ansia de nuevas abnegaciones y de nuevos sacrificios, habíase ido con un joven búlgaro a imponer en otro país la justicia y la venganza. El astrónomo no sentía su ausencia, porque al terminar el proceso enteróse de que no era tan hermosa ni tan inteligente como al principio le pareció. Sus impresiones se habían modificado en el mismo sentido respecto a otras formas y a otros pensamientos, pero lo más cruel era que se juzgó a sí mismo bastante menos interesante, menos grandioso.

Y reflexionaba:

“Te creíste sublime cuando sólo vivías de candor y de buena voluntad. ¿De qué puedes enorgullecerte, Bidault-Coquille? De haber sido de los primeros en estimar la inocencia de Pyrot y la bribonería de Greatauk?. Pero las tres cuartas partes de los setecientos pyrotinos lo sabían mejor que tú. ¿De qué puedes mostrarte orgulloso? ¿De haberte atrevido a decir lo que pensabas? El valor cívico y el arrojo militar son efectos de la imprudencia. Fuiste imprudente, sin duda, esto no es bastante motivo de alabanza. Tu imprudencia fue minúscula y sólo te expuso a peligros insignificantes; no arriesgabas la vida. Los pingüinos perdieron la soberbia cruel y sanguinaria que antiguamente dio a sus revoluciones trágica grandeza. Es el efecto fatal del decaimiento de las creencias y de los caracteres. Por haber mostrado en un punto particular más clarividencia que la mayoría, ¿mereces que te juzguen como un espíritu superior? Al contrario: creo que no mostraste, Bidault-Coquille, un profundo conocimiento de las condiciones del desarrollo intelectual y moral de los pueblos. Suponías que las injusticias sociales se hallaban ensartadas como las perlas y que bastaba sacar una para que se desgranase el collar. Era una concepción inocente. Imaginabas imponer de pronto la justicia en tu país y en el Universo. Fuiste un buen hombre, un espiritualista honrado, sin mucha filosofía experimental. Reflexiónalo bien y comprenderás que tuviste alguna malicia, pero que tu ingenuidad hasta cierto punto era engañosa. ¡Creías hacer un gran negocio moral! Premeditaste: ‘Seré valeroso y justo una vez para siempre. Podré descansar luego en la estimación pública y en el aplauso de la Historia’. Y ahora, con las ilusiones perdidas, comprendes hasta qué punto es ya difícil enderezar entuertos. Porque nada se consigue, nada se remedia. Vuelve a tus asteroides, y en lo que te resta de vida procura ser modesto, Bidault-Coquille…”

Anatole France
La Isla de los Pingüinos

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2 respuestas a L’Île des Pingouins

  1. Guy Fawkes dijo:

    Es usted un cínico, señor Marteens. Sin acritud sea dicho.

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