La Tragedia de Ricardo III

Hace poco me llevaron a rastras a ver una obra de teatro: La Tragedia de Ricardo III, dirigida por un tal Jorge Eines. Sala pequeña del Teatro Español. Un selecto público, en el predominaban tullidos, mariquitas y gilipollas. Y señoras, muchas señoras desesperadas por conseguir pareja, sin importar que fuese tullido, mariquita o simplemente gilipollas. El mismo tipo de público, por cierto, que puedes encontrar en una curso de Programación Neurolingüística o de Antropología Cultural.

Imposturas morales

Lo primero que me llamó la atención, al entrar en la sala, es que dos señoritas frotaban el suelo a oscuras. Acostumbrado como estoy a las excentricidades de los perroflautas, no le presté mucha atención. Craso error, porque ahí estaba el “secreto” de la obra…

Al parecer, la obra de Shakespeare no era lo suficientemente buena para representarla a secas. Había que echarle algo de ketchup para que tuviese un sabor más aceptable. Y por desgracia, para algunos farsantes, el Holocausto judío se ha convertido en una especie de ketchup que sirve para aderezar cualquier mediocridad imaginada por un gafapasta.

El “secreto”, en este caso, es que se supone que lo que ve el espectador es una obra dentro de una obra, representada por judíos en un campo de concentración. A mí me parece una desvergüenza tremenda, y una falta de respeto al Holocausto. Ni la obra, ni la historia en que se basa tienen nada que ver con el asesinato de seis millones de judíos por los nazis. Las trifulcas de la Guerra de las Rosas se parecen mucho más al revoltillo libio: una serie de jefes tribales, que no otra cosa eran los contendientes, pegándose para demostrar quién la tenía más larga. Ni en Libia ni en la Inglaterra de los Yorks y los Lancasters habían buenos o malos. Es natural que Shakespeare rindiese homenaje a los Tudor demonizando al último cacique de los Plantagenet. Si Willy Toledo supiese escribir, haría lo mismo con… bueno, puede que Willy Toledo sepa escribir, pero dudo que sepa leer. Dejémos las fantasías y ciñámonos a la representación.

La trama

Durante las dos primeras horas del espectáculo, me aferré a la vana esperanza de que alguna de las actrices enseñase, cuando menos, las tetas. Por el contrario, hubo abundancia de muestras de cariño homosexual. Richard le propina un par de besos con lengua a Buckingham, y cuando a este último lo liquidan, un viejo calvo lo abraza, le da la vuelta y pega su cara contra los cojones del actor. En contraste, cuando se trata de besar a alguna de las actrices, el beso se da siempre en el dorso de la mano, y cuando se trata de tocarlas, los actores suelen utilizar un palo. Cosas de la profesión, supongo. Es tal mi disgusto tras perder dos horas y media de mi vida con este bodrio, que para terminar esta crítica, revelaré el argumento de la obra:

Todo comienza con una señora que está comprensiblemente cabreada porque alguien se ha cargado a su marido y su hijo. Ese “alguien” aparece en escena, vestido como un payaso del Circo Price, y resulta ser el tal Ricardo. El actor que lo interpreta hace una buena imitación de Chiquito de la Calzada, pero con la mitad de la gracia, que ya es bastante poco. El personaje en sí parece estar loco, porque pretende convencer a la agraviada dama de que comparta catre con él. La dama responde con un escupitajo en pleno rostro. Este es uno de los dos momentos más emocionantes de la obra. El otro es una bofetada, casi al final de la misma. En ambos casos, me emocioné tanto que exclamé “¡toma!”. Es lo que tiene el arte…

Entre medias, Ricardito, que es un consumado cabrón, se carga a todo lo que se mueve y respira que se atreve a ponerse a su alcance. Al final, a Ricky III también lo matan, no sin antes decir su frase más famosa: “an armadillo, my Kingdom for an armadillo!”. No consigue el animalito, y se supone que muere a causa del disgusto, porque no se ve sangre en ningún momento sobre el escenario.

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11 respuestas a La Tragedia de Ricardo III

  1. sarah dijo:

    Resulta escandaloso que haya gente con tan poco escrúpulo en el mundo, capaz de engatusar a familiares y amigos, para hacerles sufrir tales antie-spectáculos. Imagino tu horror ante el conjunto de despropósitos, es más, casi casi lo comparto.

    Una duda inquietante: ¿el salivazo fue auténtico o tan sólo un gesto? si fue lo primero, qué asquito, ¿no?

  2. Ian dijo:

    Sospecho que fue un salivazo en seco. La actriz en cuestión era la mejor del elenco, y creo que esas cosas las estudian en alguna asignatura. Había, además, una rubia alta, en la que deposité mi esperanza de exhibición de senos, pero esa tenía dificultades para pronunciar “honrado”. Supongo que por eso no le encargaron la escenita del escupitajo: muy capaz ella de dejar mojado a Ricardo III.

  3. Ian dijo:

    Por cierto, había otra que se especializaba en papeles masculinos. Incluso llegó a ponerse un bigote para representar a Edward Nomeacuerdo. El bigote, por supuesto, era innecesario.

  4. Ives dijo:

    Por esa alegría que se le nota al soltar la lengua, imagino que no le llevarían tan “arrastras”. Creo que estas cosas le dan a usted vidilla. Es más adivino, por la bilis reconcentrada en ellas, que son su única vidilla.
    Efectivamente, por lo que cuenta, la obra debe de ser un coñazo, pero casi que la prefiero a la sordidez de sus comentarios. A través de ellos no puedo sino imaginarme, y perdóneme si me equivoco, lo oscura que debe ser su vida.
    Caballero, un consejo: Para ver tetas hay un montón de Top-less. Lugares sin mariquitas, sin gilipoyas, con gente con la que encima podrá congeniar conversando.
    No se deje llevar arrastras a espectáculos que ya sabe que no están hechos para espectadores como usted. No tiene usted necesidad de pasar un mal rato, ni ellos de que usted les insulte de esta manera. Informarse antes es, en casos como el suyo, inexcusable.

    • Ian dijo:

      Sí, Ives, llevo una vida oscura y sórdida, follándome madres ajenas en oscuras habitaciones de hoteles. Eso sí, siempre los elijo de cinco estrellas. Es que, además de sórdido y bilioso, soy un poco pijo.

    • Ian dijo:

      Por cierto, “arrastras” se escribe separado, cuando no es una conjugación del verbo “arrastrar”. Igual que “sobre todo”, cuando no es la prenda de vestir. Y “o sea”.

      No es que la ortografía sea tan importante, pero uno comienza escribiendo “osea” y termina atropellando ancianitas por puro placer.

  5. Pingback: Samuel Johnson’s Insults | Lecturas Zen

  6. Ian dijo:

    (comentario dirigido a un tal Danilovic, que insiste en insultar al autor de este artículo y a algunas personas que lo han comentado)

    Dani: no insistas, que no te voy a publicar tus mierdas de comentarios. Si quieres insultar a alguien, insulta a tu madre o tu padre, que en definitiva son los culpables de tu bajísimo intelecto y de tus deprimentes tendencias sexuales.

  7. muerete garcia dijo:

    no se puede ser más subnormal de lo q eres. es imposible, me encantaría conocerte para partirte las piernas, si es q t llega el cerebro suficiente para saber andar. Ojalá mueras pronto.

    • Ian dijo:

      Te voy a dejar el comentario, para que la gente que lee el blog vea el tipo de mierdecillas facinerosas con las que tiene que lidia uno por aquí.
      Por cierto, que Ricardo III te de por culo. Imagino que lo disfrutarías. Lo de partirme las piernas lo tienes más complicado, titiritero de mierda. ¿Qué eres, comunista de salón o titiritero de la subvención?

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