Ratas en las Paredes

This is what they say I said when they found me in the blackness after three hours; found me crouching in the blackness over the plump, half-eaten body of Capt. Norrys, with my own cat leaping and tearing at my throat. Now they have blown up Exham Priory, taken my Nigger-Man away from me, and shut me into this barred room at Hanwell with fearful whispers about my heredity and experience.

Mi primer cuento de Lovecraft fue “La llamada de Cthulhu”, y lo leí con ocho tiernos añitos. Doy fe, ante notario, que mis problemas mentales no se derivan de aquella prematura lectura. Me inclino a pensar, más bien, que la culpa es del consumo simultáneo, durante mi infancia, de efedrina y barbitúricos. Tenga en cuenta que soy asmático y que nací antes de que inventasen el Ventolín. Cuando tenía asma, me chutaban con efedrina, que me ponía los ojos tan abiertos como los del gato de la foto. Para compensarlo, la fórmula llevaba algo de fenobarbital. La Ciencia ha avanzado mucho desde entonces, pero ya no es tan divertida.

Pasaron seis años hasta que pude leer una segunda historia de Lovecraft, que fue, precisamente, Ratas en las Paredes. Esta vez, formaba parte de una antología de cuentos del propio Lovecraft, y supe entonces que Cthulhu no era un pulpo en un garaje, sino parte de una vasta familia de monstruos enculadores. Pero, a pesar de la mayor fama de Nyarlathotep, Yog-Sothoth y el resto de los atorrantes espaciales, en mi personalísima opinión, Ratas en las Paredes es uno de los cuentos más inquietantes de Howard P. Lovecraft.

Primeros encuentros

Ratas en las Paredes fue mi primer contacto oficial con algunas metáforas e ideas. Por ejemplo, la imagen del subsconsciente, o inconsciente, como sitio subterráneo que hay que excavar con muchísimo cuidado. Desde niño había soñado con una pequeña habitación de mi casa, una especie de buhardilla llena de trastos abandonados. En el sueño, una de las paredes podía abrirse con magia, y al otro lado había todo un laboratorio espacial, con el techo y las paredes de cristal mostrando un universo lleno de estrellas. Pero también tenía sueños en los que exploraba una caverna, o un sótano de una fábrica abandonada, en la que habitaba un monstruo peligroso. El cuento de Lovecraft fue la confirmación de que estos sueños no eran sólo míos.

Este cuento, además, fue mi primer contacto con el culto de la Magna Mater y otras curiosidades de la historia:

Inscriptions still visible in the sub-cellar bore such unmistakable letter as ‘DIV…OPS…MAGNA. MAT…’, sign of the Magna Mater whose dark worship was once vainly forbidden to Roman citizens.

Con catorce años, por supuesto, no tenía ni la más remota idea de lo que era el culto a la Magna Mater, pero esperaba que fuese algo audaz y muy poco respetable.

Deseable, pero contaminante

En el fondo, muchos de los cuentos de Lovecraft, incluyendo el de nuestras ratas, son variaciones sobre la fantasía de la contaminación. En La Sombra sobre Innsmouth, el protagonista comienza huyendo de unos monstruos anfibios, sólo para descubrir, al final, que pertenece a la misma raza que ellos. Aquí, comienza por odiar lo que las ratas representan, para terminar uniéndose al festín. Naturaleza termina imponiéndose siempre a Civilización.

Algo curioso es el trabajo que se toma Lovecraft en atenuar la relación, evidente desde nuestra perspectiva, entre sexo y terror. Al fin y al cabo, Lavinia Whateley tiene que haber fornicado activa y gozosamente con un ente demoniaco para poder parir los monstruitos de Dunwich. Y los engendros de Innsmouth no se reproducen exactamente por esporas, como ciertos hongos y vegetales. No estoy diciendo que sea buena idea hacer más explícita la conexión sexual, al menos literariamente. Por el contrario, esta mezcla es una constante en el arte de H.R. Giger.

En cuanto a los monstruos de mis pesadillas, sigo soñando con ellos. Pero desde hace mucho, soy yo quien organizo excursiones oníricas al sótano de la fábrica abandonada. Ahora soy yo quien persigue despiadadamente a los demonios de mi subconsciente. Los persigo, los atrapo y luego los devoro. Un demonio autónomo es una fuente increíble de energía mental, y ese gustillo picante a electricidad neuronal termina siendo adictivo.

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