Economía de lo raro

En los hospitales no hay nada que hacer, el tiempo pasa, y las esperas son interminables. Por eso, no es extraño que el tiempo cunda cuando se trata de leer una revista, hacer un sudoku o leer un libro. Así que la última vez que he estado en uno, pregunté por los libros disponibles y así fue como llegó a mis manos Freakonomics, de Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner.

El resultado: que me he leído el libro en unas horas, por lo que, para empezar, pasa a engrosar la corta lista de libros que me he leído en mi vida de una sentada. A saber: La fuga de Logan, de cuyo autor no logro acordarme, y del que no podría hablar sin referirme a la serie de televisión de su momento; la excelente, e inclasificable, El hombre delgado, de Dashiell Hammett, que me atrapó desde un principio por la forma en la que se comportaban los personajes, especialmente el protagonista, y que me desconcertaba y fascinaba al mismo tiempo; y, por último, Freakonomics. Tres libros. No está mal, ¿eh?

Por eso, vaya por delante una reflexión profunda sobre este último. Freakonomics es una parida.

Conocía el libro de varios artículos en la prensa y, especialmente, de una entrevista a uno de sus coautores que presentaba el segundo libro, y se defendía del enfoque que daban a los hechos económicos frente a los estudios clásicos. Era la explicación de que hubieran tenido tanto éxito, y de que se hubieran convertido en un fenómeno del que todos hablan que, incluso, y que no nos pase nada, ha dado lugar a una película que se estrenará próximamente.

Supongo que alguien defenderá esta sucesión de perogrulladas a lo largo de doscientas páginas como una revolución que acerca la economía a las personas normales, en plan Leopoldo Abadía o similar, pero, en realidad, no hay nada en la economía de extraordinaria que haga necesario que nos abran los ojos. Si acaso, esta debería ser nuestra segunda reflexión.

Y es que, a través de las preguntas que encabezan cada capítulo, y que buscan ser lo más raras y extrañas posibles (“¿en qué se parece un profesor a un luchador de sumo?” o “¿por qué los traficantes de droga siguen viviendo en casa de sus madres?”, por ejemplo), cuya respuesta es de lo más evidente (si me permitís destriparos algo el libro, en que los dos hacen trampa y porque, en realidad, los traficantes ganan poco dinero, son las dos respuestas a las preguntas anteriores), los autores van exponiendo sus teorías sobre cómo la economía son un conjunto de herramientas que nos permiten explicar fenómenos correlacionados y, en algunos casos, causados que, aunque puedan resultar chocantes a la mayoría de las personas, por el hecho de haber sido demostrados por los datos, son reales.

Y, de este modo, nos explican cómo los incentivos son los que mueven la mayoría de los hechos económicos, y muchas de las decisiones de las personas, como el que tu agente inmobiliario te recomiende vender una cosa por un importe ligeramente inferior al que esperabas ya que la diferencia de precio entre lo que te ofrecen y lo que querías obtener no supone más que unos dólares en su comisión.

Así, los autores parecen desafiar lo que denominan, siguiendo a J.K. Galbraith, la “sabiduría convencional”, que son aquellas cosas en las que creemos sin saber si son exactamente ciertas, sino simplemente porque parecen ciertas, o son razonables. Utilizando un nuevo ejemplo del libro, un padre estaría más dispuesto a dejar que su hijo jugara con un vecino que tiene una piscina en su jardín, que con uno cuyo padre tiene un arma en su casa, pero, en realidad, estadísticamente son más frecuentes los accidentes infantiles en piscinas que los relacionados con armas de fuego.

Prefiero quedarme con este aspecto de cuestionar aquello en lo que creemos, o que pensamos que sabemos, que con el hecho de que sé un poco más de economía después de haber leído el libro. Siempre me ha parecido que uno debe preguntarse a menudo sobre todas las cosas, y estar dispuesto a cambiar de opinión, porque es la forma de tener un cierto convencimiento interior y una fortaleza en las ideas propias que te permitan evitar estar sujeto a las modas, los medios de comunicación o las influencias de cualquier persona medianamente hábil que trate de convencernos de una cosa por interés propio.

Respecto a la economía en sí, siempre he dudado, ya desde que entré en la universidad, que fuera incluso una ciencia, aunque estaba dispuesto a afirmar que sí en el examen con tal de aprobar (por el incentivo de pasar de curso). Y, porque, si fuera una ciencia, no tendríamos dudas sobre cómo resolver la crisis mundial, por ejemplo. Aquella frase de que “un economista es alguien que te explicará con todo lujo de detalles por qué ha sucedido lo contrario de lo que predijo que pasaría” siempre me ha parecido una máxima de la “sabiduría convencional”.

Freakonomics habla de economía pero, afortunadamente, defiende más el conjunto de herramientas (técnica) que las leyes económicas (ciencia). El hecho de que lo haga a través de temas aparentemente irrelevantes ayuda a no tomárselo demasiado en serio, lo que siempre es bueno. Y, de ese modo, llegas al final. Y cuando lo haces, te das cuenta de que no has tenido ninguna especie de revelación. Tampoco te ha hecho daño. Algo intrascendente ha pasado ante tus ojos. Si esto es un fenómeno “popular”, no dice mucho de las modas. Al fin y al cabo, no ha pasado nada. Como en las esperas de los hospitales.

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