Memorias de una geisha

El otro día me hicieron ver Memorias de una geisha. Fue espantoso. Supongo que fue en venganza por el día en que hice que viera El club de la lucha.

Y luego hay quien dice que el sexo es solamente una construcción social…

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Un haiku para Edward Sapir

古池や / 蛙飛び込む / 水の音
furu ike ya / kawazu tobikomu / mizu no oto
El viejo estanque, !ah! / salta un sapo / el sonido del agua

Matsuo Bashō

S.S. es uno de esos blogueros amargados que creen que la Humanidad es idiota. No se equivoca en su diagnóstico, pero le fallan las razones. La estupidez humana es un hecho fácil de constatar; lo difícil, y a la vez importante, es saber explicarla. S.S. necesita sentirse superior a la plebe, pero la única forma que tiene de conseguirlo consiste en atesorar pequeños agravios: nuestro personaje abomina, por ejemplo, de las personas que comparten el primer plato en un restaurante (sic) y de quienes duermen ocho horas, y considera imbéciles a quienes usan emoticonos al escribir. Esta última tontería es la que ha dado pie a este artículo.

No es que a un servidor le apasionen los emoticonos. No se me ocurriría usarlos en un currículo ni en una novela. En un correo, sí. Como no soy ni Tolstoi ni Flaubert, no me va mal aclarar la intención de lo que acabo de escribir con una carita sonriente, y es que a veces las palabras son ambiguas y traicioneras. Curiosamente, me cuido más de no usarlos cuando escribo a mis sobrinos que cuando escribo a un adulto.

Sapirism is not a medical condition

Edward Sapir, haciendo publicidad a las gafas y la gomina

Edward Sapir, presumiendo de gafas y gomina

En realidad, la pataleta original de nuestro elitista de aldea estaba dirigida contra el uso de Twitter, WhatsApp y esas cosas que te obligan a escribir rápido y con abreviaturas. Y la hipótesis del amargado era que los twitteros terminan “pensando” tal y como escriben. Aunque dudo que el individuo en cuestión lo sepa, ésta es una variante de una idea ampliamente desacreditada, conocida como la hipótesis de Sapir-Whorf, o relativismo lingüístico: que la estructura de un idioma afecta a la manera en la que sus hablantes piensan.

No es el lugar para discutir por qué esta hipótesis es falsa, pero puede encontrar más información, por ejemplo, en The Language Instinct, de Steve Pinker. La principal razón en contra de la hipótesis es que está demostrado (experimentalmente) que ni los ingleses piensan en inglés, ni los japoneses en japonés; un hecho interesante, por cierto, para quienes practican la meditación al estilo budista. Un niño que aprende a hablar toma el lenguaje de su entorno, cualquiera que sea, y se las apaña tranquilamente con los excesos o limitaciones que éste le ofrezca. Por más que le pese al cabronazo de Heidegger, ni el alemán ni el griego son idiomas con una estructura (obviemos el vocabulario) especialmente adecuada para la filosofía.

Cualquier lingüista le puede informar de otro hecho interesante y contraintuitivo: la complejidad gramatical de un lenguaje no guarda relación con la complejidad de la cultura material, o espiritual, de sus hablantes. Por ejemplo, el fula es un idioma de Africa occidental que tiene cerca de veinticinco clases nominales. En español y en francés, un sustantivo siempre es masculino o femenino… y eso ya es complicado para un angloparlante, que encuentra extraño que las cucharas sean “chicas”, y los tenedores, “chicos”. A nosotros, por contrapartida, nos parece más complicado el alemán, que mantiene los tres géneros que se atribuyen al lenguaje protoindoeuropeo. Ahora imagine lo que significa que un sustantivo pueda pertenecer a una de veinticinco clases, y que cada clase tenga sus propias reglas para formar el plural.

¿Quiere esto decir que un hispanoparlante cree que las cucharas tienen más que ver con Angelina Jolie que con Brad Pitt? Me concederá que no, igual que un fulani no concibe un mundo con objetos intrínsecamente repartidos en veintitantas categorías. Las clases nominales, como tantos otros rasgos gramaticales, son simples accidentes congelados, provocadas por las mutaciones aleatorias del lenguaje. Un idioma, por lo general, no “evoluciona” para adaptarse a “algo”. Puede haber adaptaciones útiles, como las que surgieron junto con la escritura, como las frases subordinadas. Por el contrario, si se mira un idioma como un organismo evolutivo, la mayoría de sus características equivalen a nuestro ADN basura.

Gogo da ne?

Una de las justificaciones que he leído sobre por qué no usar emoticonos es que, en la comunicación escrita, debemos limitarnos a los recursos textuales del idioma, sin necesidad de recurrir a trucos extralingüísticos. Supongo que quienes defienden esta teoría nunca utilizan, al escribir, signos de interrogación, de admiración… ¡y mucho menos, puntos suspensivos! Y antes de que se le ocurra objetar que un signo de admiración no se “pronuncia”, sino que se “entona”, o que estos son adornos no gramaticales, debo recordarle que estos presuntos adornos se han gramaticalizado en muchos idiomas. Sin ir muy lejos, do you speak English? Nihongo o hanashimasu ka?

El japonés, precisamente, es pródigo en construcciones gramaticales que indican estados de ánimo o emociones. Existe toda una categoría de partículas que se sitúan al final de las frases con este propósito. La más popular quizás sea ne, y la usa Uma Thurman cuando se topa con la colegiala asesina de Kill Bill:

La Mamba Negra contra Gogó

La Mamba Negra contra Gogó

Uma: Gogo da, ne? (eres Gogó, ¿no?)
Gogo: Bingo! Sochi wa burakku mamba. (y tú eres la Mamba Negra)

Es cierto que en castellano podemos añadir un “¿no?” al final de las frases con el mismo fin, pero el ne japonés tiene un propósito adicional: además de solicitar confirmación, indica el sexo del hablante. Las chicas suelen usar partículas como ne, wa o naa, que sonarían ridículas en boca de un hombre. Por ejemplo, cuando una japonesita está muy enamoriscada, puede que le diga al objeto de sus amores: ai shite’ru wa! Literalmente: “amor haciendo estoy +wa”. La partícula wa no significa nada en este contexto… excepto indicar que se trata de una chica, y que usa wa para suavizar de alguna manera la afirmación anterior. Si es el maromo quien tiene que pronunciar la dichosa frase, dirá ai shite’ru yo! La partícula yo indica énfasis, y sólo es utilizada por machotes (en un contexto informal, aclaro).

Es más probable, sin embargo, que la efusión amorosa se reduzca a un dai suki, pronunciado dais’kí. Ya puestos con la pronunciación, shite se pronuncia sh’té, y las u y w se pronuncian sin redondear los labios. Y sí: el japonés nos puede parecer un lenguaje “machista” o “clasista”, pero en todo caso, es la sociedad japonesa la que ha influido sobre el idioma, y no al contrario.

Palabras cortantes

El uso de estos emoticonos sintácticos intraducibles no se limita al japonés coloquial, sino que podemos encontrar muchos ejemplos literarios. Los famosos haikus deben incluir una palabra de corte, o kireji en su composición. Estos kireji suelen ser partículas intraducibles, muchas veces arcaicas, que funcionan como emoticonos con pronunciación incorporada. En el haiku que cito al inicio del artículo, uno de los más conocidos, la palabra de corte es ya: es una exclamación, sin significado propio, pero con la función de completar las cinco sílabas de la primera frase e indicar un cambio de perspectiva. Otro ejemplo popular:

釣鐘に / とまりて眠る / 胡蝶哉
tsuri-gane ni / tomarite nemuru / kochoo kana
Yosa Buson

Es decir: sobre la campana del templo, se ha posado y duerme una mariposa. En este caso, el corte lo hace la partícula kana que ya no se usa en el japonés moderno, y que podría aproximarse, en este ejemplo concreto, a un ¡vaya! de admiración.

En otras palabras, el japonés es un ejemplo de idioma en el que existen palabras que funcionan como emoticonos, y esas palabras no son patrimonio exclusivo del lenguaje hablado, sino que son parte integral de un importante tipo de poesía.

En resumen…

Hace tiempo que tenía ganas de dedicar un post a alguna de las tonterías de S.S. También deseaba dedicar unos párrafos a desmitificar alguna superstición popular. Un súbito ataque de sapirismo del personaje me ha permitido matar dos pájaros de un tiro.

S.S., como muchos otros idiotas, suele equivocarse confundiendo la causa y el efecto: la gente no se vuelve tonta por escribir con abreviaturas y emoticonos, sino que los tontos suelen utilizar más estos recursos. Pero no hay nada intrínsecamente malo en salpicar la escritura con elementos no textuales que transmitan estados de ánimos o emociones. ¿Le parece correcto?

;)

El “sapirismo” tuvo unos orígenes marcadamente ideológicos, como muchas otras teorías del círculo en que se originó. Actualmente se sigue invocando, conscientemente o no, algún tipo de relativismo lingüístico para defender determinadas posturas del nacionalismo “romántico”. Para más información, eche una lectura a Let them die, un conocido ensayo de Kenan Malik sobre estos temas.

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IF

If you can keep your head when all about you
  Are losing theirs and blaming it on you;
If you can trust yourself when all men doubt you,
  But make allowance for their doubting too:
If you can wait and not be tired by waiting,
  Or, being lied about, don’t deal in lies,
Or being hated don’t give way to hating,
  And yet don’t look too good, nor talk too wise;

If you can dream—and not make dreams your master;
  If you can think—and not make thoughts your aim,
If you can meet with Triumph and Disaster
  And treat those two impostors just the same:.
If you can bear to hear the truth you’ve spoken
  Twisted by knaves to make a trap for fools,
Or watch the things you gave your life to, broken,
  And stoop and build’em up with worn-out tools;

If you can make one heap of all your winnings
  And risk it on one turn of pitch-and-toss,
And lose, and start again at your beginnings,
  And never breathe a word about your loss:
If you can force your heart and nerve and sinew
  To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
  Except the Will which says to them: “Hold on!”

If you can talk with crowds and keep your virtue,
  Or walk with Kings—nor lose the common touch,
If neither foes nor loving friends can hurt you,
  If all men count with you, but none too much:
If you can fill the unforgiving minute
  With sixty seconds’ worth of distance run,
Yours is the Earth and everything that’s in it,
  And—which is more—you’ll be a Man, my son!

Rudyard Kipling

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El Zen y los samuráis

“Dado que el budismo es de por sí una religión pacífica, puede resultar sorprendente que el Zen, en una de sus formas más importantes, ejerciese una enorme fuerza de atracción precisamente sobre los samuráis. Son fundamentalmente cuatro los aspectos que determinaron esta afinidad entre el Zen y los samuráis: no se trataba de una religión complicada ni escrita, sino práctica y, como tal, se aproximaba mucho a la mentalidad militar nada compleja de los samuráis; también la ventaja moral de no tener que mirar atrás una vez que una decisión había sido tomada casaba muy bien con los ideales guerreros; la meditación exigía una actitud ascética y estoica y pretendía forjar en los discípulos una voluntad de hierro, que alentaba en los guerreros el espíritu de lucha y los ayudaba a encarar la muerte al fomentar en ellos la indiferencia, propia del Zen, frente a la vida y la muerte; por otra parte, el estrecho lazo que se establecía entre maestro y discípulo determinó, en gran medida, la relación entre el señor feudal y sus vasallos.”
Seven Samurai (七人の侍)

Seven Samurai (七人の侍)

No estoy de acuerdo con todos los detalles de la explicación. Y en sentido contrario, líbreme Buda de idealizar el Japón medieval (por alguna razón, a todos los tontos les encanta la Edad Media). Lo único que quiero señalar es que eso que llaman “espiritualidad” y el espíritu guerrero no están reñidos, que una percepción más inmediata de la realidad no te obliga a una ética perroflauta, y que saber apreciar la belleza de los cerezos en flor no te impide cortarle el cuello al prójimo si este último se pone pesadito.
Ah, por cierto: los samuráis comían carne. Es verdad que el budismo, como otras tantas técnicas de meditación, hacen énfasis en restringir el consumo de carne, sobre todo de carne roja; algo no muy difícil para un chino o un japonés de aquellos tiempos. Pero el verdadero motivo de la prohibición no tenía que ver con la empatía malentendida hacia el pobre cerdito o ternerito. La carne roja contiene sustancias estimulantes, derivadas de la sangre, que interfieren con el objetivo de la meditación… al igual que, si se infla a comer lentejas o judías, los correspondientes gases le resultarán muy incómodos a la hora de sentarse en la posición del loto.
De manera que, a no ser que esté usted en un maratón intensivo de zazen, no hay problema alguno en que se zampe un jugoso filete de ternera o unas tiernas chuletitas de cordero para alegrarse el ánimo y darle vidilla a sus partes nobles.
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Steve Jobs

El día que falleció Steve Jobs, Apple habilitó una dirección de correo electrónico para que la gente escribiera lo que había significado para ellas, a lo que respondieron de forma masiva para expresar todo lo que había cambiado en sus vidas gracias a él. Por supuesto, fue portada de todos los periódicos y por todo el mundo se hicieron homenajes a su persona ya sea en forma de artículos alabando su figura, reportajes o diseños ocurrentes como la fusión entre la manzana de Apple y el perfil de uno de sus fundadores.

¡Malo es que te llegue el día de las alabanzas! Pero lo que es cierto es que la figura del líder de Apple fue, y sigue siendo, la de alguien capaz de incitar una reacción en todas las personas, y que no deja indiferente a nadie. La más habitual es la de admiración y respeto a su persona, como si fuera una estrella de rock, como alguien hay que hay que escuchar y hacer caso, puesto que dispone de la verdad en todo lo que dice y hace. Pero, por supuesto, si alguien no opina así, generalmente, piensa todo lo contrario; a saber, una persona totalmente sobrevalorada, desagradable a más no poder, un ser tiránico y despreciable, que imponía su visión a los demás y que pensaba de quienes no compartían esa visión o forma de hacer las cosas que eran unos verdaderos capullos que no valían para nada.

En un movimiento publicitario como cualquier otro tan estudiado de los de la compañía de Cupertino, el libro con la biografía de Steve Jobs llegó a todas las librerías del mundo apenas unas semanas después de su muerte y la gente se abalanzó masivamente sobre él para tratar de encontrar en sus páginas argumentos que respaldaran su opinión sobre Steve Jobs. Así algunos se acercaron reverencialmente a escuchar la voz de su gurú desde el otro mundo, mientras que otros lo hicieron para buscar detalles que permitieran ridiculizarle y darles más argumentos para despreciarle y, por añadidura, si fuera posible, extender ese desprecio a todos los productos de la manzana.

En cualquier caso, y no deja de ser irónico, el libro se situó número 1 en la tienda de libros de iTunes y, por supuesto, en la lista de más vendidos en todo el mundo. Cuando empecé a leerlo, ya había tenido varias dosis del libro por fascículos en forma de artículos en la prensa que iban escribiendo a medida que lo iban leyendo, contando algunas de las cosas que se revelaban en el libro, como que creía erróneamente que su alimentación eliminaba su olor corporal y no se bañaba en meses, lo que hacía que fuera soltando una peste a su alrededor, o su búsqueda de sus padres biológicos y la anécdota de que coincidía en un restaurante con su verdadero padre sin que ninguno de ellos lo supiera, pasando por uno de los momentos finales del libro en el que declaraba que iba a gastar cada uno de los 75.000 millones de dólares que tenía Apple (¡ahí es nada!) en destruir Android por ser un sistema robado.

En primer lugar, sin embargo, voy a tratar de ser sincero y reflexionar sobre lo que conocía de Steve Jobs antes de toda esta parafernalia hacia su persona. Y, sorprendentemente, no hay mucho que contar. Por un lado, sabía que él y otro tío (Steve Wozniak) habían creado Apple en un garaje, y que esa compañía había creado el Macintosh, que fue el primer ordenador que entró en mi casa y con el que aprendí los primeros temas de la informática y que, como es lógico, utilizaba para lo que verdaderamente importaba, que era jugar con mi hermano.

Es verdad que el Macintosh era una pasada de ordenador y que cuando me hablaban de floppy disks yo los veía como algo ya atrasado comparado con los discos de 3,5 que utilizaba el Mac. O el bajón que me dio cuando llegué al colegio mayor y de utilizar una interfaz en forma de ventanas como la del Mac me encontré que tenía que hacer los trabajos en la fría pantalla negra del WordPerfect. Luego llegaría Windows, como quien dice, pero eso es otra historia.

Pero, como es lógico, conocía el Mac y no a Steve Jobs. Está claro que el Mac tenía sus propios problemas que hizo que fuera un ordenador para una minoría y que, al final, se impusiera Bill Gates. Pero yo no volví a saber nada de Steve Jobs hasta que leí en algún sitio que había vuelto a Apple, lo que no me decía nada en especial, o que era él quien estaba detrás de los nuevos productos de la compañía.

Por supuesto, caí finalmente en la trampa mediática de Apple (como cuando uno se compró “El Código Da Vinci” simplemente porque cómo no vas a comprarlo) y me hice un usuario adictivo de sus productos, aunque no puedo utilizar el Mac por el sistema operativo ya que me he hecho a Windows (lo que, nuevamente, vuelve a ser irónico) y no puedo cambiarlo. Y eso me hizo asociar Steve Jobs a un nuevo producto de Apple y a saber si iba a hacer alguna nueva presentación de alguna nueva cosa que fueran a sacar.

Pero seguía sin conocer nada sobre él. Al menos, nada que me hiciera pensar que se trataba de alguien visionario, un líder, un referente de la nueva era en la que vivimos. De hecho, una de las únicas anécdotas que conocía era la de que cuando llegaba a las instalaciones de Apple, a pesar de tener una plaza para él, solía dejar el coche de cualquier manera, en cualquier sitio, sin mirar, y sin pensar, lo que ocasionaba, generalmente, un caos en el aparcamiento a medida que la gente trataba de dejar el coche en otro lado ya que su sitio estaba siendo ocupado por alguien que había tenido que buscar un sitio puesto que Jobs lo había dejado en el suyo.

Y, curiosamente, a mí, que siempre, siempre, siempre, dejo el coche perfectamente alineado entre las dos rayas blancas que marcan mi plaza, ya sea en el trabajo o en cualquier centro comercial, hasta el punto de que si, habiendo bajado del coche, veo que está pisando una de las rayas o, simplemente, demasiado pegado a una de ellas y voy a tener luego algún problema cuando llegue y la plaza de al lado esté ocupada, vuelvo a meterme en el coche y lo vuelvo a colocar hasta que esté perfecto, esa anécdota me parecía describir a alguien con la que difícilmente podría congeniar, o él conmigo.

¿Y qué me ha parecido el libro? Pues he de decir que es bastante ameno y bastante detallado. Lógicamente, tratándose de una biografía, hace mucho el que sea una persona actual y el que existan muchas personas (siento el toque macabro) que le hayan sobrevivido. Y ese nivel de detalle hace que sea hasta un buen libro de gestión, como de esos de los 7 hábitos de las gente altamente eficiente, puesto que describe bastantes de las ideas que debía tener Jobs sin necesidad de comprarse otros libros de esos que ahora te encuentras en cualquier lado con las ideas de Steve Jobs en sus propias palabras y que, por cierto, son bastante cortos.

Quizás tiene el pero de que el autor tiende al protagonismo con muchos pasajes, como en los que escribe que “cuando le dije a fulano lo que había dicho mengano”, lo que da vergüenza ajena por lo de ir de chivato y acusica de un lado para otro; o como cuando describe que ha tenido la oportunidad que pocos mortales tienen de entrar en el templo del diseño de Apple rodeado de fuertes medidas de seguridad; o cuando llega al final y cuenta que comía con Jobs después de la presentación de tal y cuál producto.

Por otro lado, tiende a la simplificación puesto que repite demasiadas ideas que no dan para mucho, pero que extiende como si fueran un chicle, como la del “campo de distorsión de la realidad” de Jobs, o su creencia en el enfoque integrado y cerrado de sus productos como si fuera el axioma sobre el que se construye todo Apple, o la idea del cruce entre la tecnología y las humanidades. Se trata de unas reflexiones a las que recurre frecuentemente a lo largo del libro y que las hace pesadas y casi sin contenido.

Pero creo que el defecto principal del que adolece el libro es que parece ser algo que trata de no ser: un libro por encargo. Como casi siempre, especialmente en las biografías, es difícil no tomar partido. Está muy bien eso de la objetividad plena y del no caer en opiniones o ideas subjetivas, pero, al final, o defiendes a alguien, o le criticas, especialmente cuando se trata de una personalidad polémica, sea Steve Jobs o sea, por decir algún otro, José Mourinho. Y al tomar partido por Jobs, lo cuál no es extraño, y pese a que el autor defenderá que no lo ha hecho aunque sí lo parezca, tal vez por la elección de las palabras o tal vez por ese afán de protagonismo que lo sitúa cerca de la posición de Jobs, o, simplemente, porque el roce hace el cariño, más cuando alguien tan atrayente como Jobs te elige para ser su biógrafo (porque piensa que “puedes conseguir que la gente hable abiertamente”), no puedes evitar pensar que se trata de un libro pensado para contar una verdad cercana a la del fundador de Apple.

De hecho, Jobs nunca leyó el libro. Lo cuál incita a pensar cuál sería su opinión sobre el mismo. Por un lado, no puedo evitar pensar en que no le gustaría por muchas razones: porque si es verdad que le gustaba la simplicidad, cuando viera un tocho de 700 páginas pensaría “¡vaya mierda!”; porque, si es verdad que era un maniático al que las cosas o le encantaban o las odiaba, en cuanto leyera algo que no le gustase pensaría “¡vaya mierda!”; o, tal vez, porque no parecía alguien que se dejase llevar por la lectura y puede que pensara, incluso, que se trataba de un libro por encargo, que el autor podía haberlo hecho mejor, y que debía haber sido más incisivo y haber profundizado más, así que pensaría “¡vaya mierda!”.

Yo, por mi parte, sí que le he dado vueltas a algo sobre lo que pienso algunas veces cuando me encuentro con este tipo de personajes que arrastran a los demás, inspiran y provocan un seguimiento casi mesiánico hacia su figura. Un líder, vamos. Y es la pregunta de qué es lo que les hace ser esos líderes.

Hay muchos libros sobre el liderazgo, pero siempre es sorprendente verlo en acción. Y cuando, por ejemplo, lees como alguien que viste de una manera andrajosa, con greñas y maloliente, se planta delante de un Director General y consigue lo que quiere, te preguntas, “¿cómo lo habrá hecho?”. O, cuando ves que alguien le chilla a otro que lo que ha hecho es una mierda, porque puede hacerlo mejor, y esa persona no para hasta conseguir hacerlo incluso superando toda expectativa. O como alguien se planta delante de un auditorio, o de una multitudinaria reunión, y comienza a hablar hasta que parece anular la razón de todo el mundo y, poco a poco, se entusiasman, lo visualizan, creen en la idea, y se ponen a conseguirla con todas sus fuerzas o, simplemente, creen que no pueden vivir más sin ese producto… Todo ello me hace preguntar: “¿pero cómo coño lo consigue?”.

Una de las anécdotas que más me ha gustado del libro es aquella en la que está buscando un cristal para el iPhone que sea, como siempre, perfecto. Finalmente, tiene una reunión con un presidente de una compañía, que además es ingeniero, y, aunque al principio Jobs es reticente y le empieza a hablar sobre lo que sabe de cristales hasta que el presidente le corta y le dice que no tiene ni idea y le convence de que el cristal es perfecto, Jobs decide que es lo que quiere. Así que se dirige al presidente y le dice que lo necesita en seis meses para pasar a producir el teléfono con el cristal.

El presidente le comenta que no se ha explicado bien. Que era un prototipo que habían dejado porque no le habían encontrado mercado, que no estaba preparado y que no podían lograrlo en ese plazo. Jobs se queda mirándolo fijamente y le dice que sí que puede hacerlo. Que lo interiorice y que comprenderá que puede hacerlo. Sorprendentemente, el presidente se revela y le suelta que ninguna ilusión basada en una falsa autoconfianza puede hacerle resolver los problemas de ingeniería a los que se enfrentan. Pero Jobs le dice que puede hacerlo y que sabe que lo harán. Y, por supuesto, lo hicieron. Tuvieron que remover cielo y tierra, pero lo hicieron.

Y con el logro, vino el orgullo de haberlo conseguido. El presidente de la compañía habla de que era la cosa más increíble que le había pasado en su vida. Y cuenta el libro que en su despacho, en el que no había cosas personales ni ningún detalle llamativo, había enmarcado un correo que les había enviado Jobs tras la presentación del iPhone en el que escribió: “Sin vosotros, esto nunca habría sido posible”.

“Hacer lo imposible es bastante divertido”, cita el libro en un momento dado esta frase de Walt Disney. Y en él hay muchos de estos pasajes increíbles (¿veis por qué digo que parece un libro por encargo?), como la de un programador que desarrolla para el Macintosh la posibilidad de superponer unas ventanas encima de otras porque piensa que alguna vez lo vio en un centro experimental aunque nunca lo hizo porque nunca se había llegado a desarrollar. “Yo lo creé porque pensaba que ya estaba hecho, sin saber que hasta ese momento nunca nadie lo había logrado”.

Pero, a la vez, me hace pensar que esa confianza en una idea, en una visión, es tremendamente atractiva para la gente, y arrastra a las personas. Por supuesto, tienes que tener una confianza a prueba de bombas porque en el momento en que te preocupe lo que la gente piense de tu idea estás muerto, porque estarás renunciando a ella y tratarás de cambiarla para que a la gente le guste. Tienes que pasar por encima de ellos para defenderla.

Pero las personas, cuando vemos a alguien defender con vehemencia algo, nos sentimos arrastradas por lo que dicen. Tal vez no seamos muchos. Tal vez algunos pensemos que eso es una tontería y lo dejemos por chorra. Pero no necesitamos que sea toda la humanidad la que siga a alguien para que sea un líder. Basta con que les sigan alguno. Un líder no se define por la cantidad de personas que le siguen, sino simplemente por el hecho de que hay personas que le siguen. De hecho, también le define las personas que no le siguen.

Pero ese seguimiento no se basa sólo en que nos guste lo que nos dicen. No se trata sólo de que sigamos una idea. Lo que tienen los verdaderos líderes es que les seguimos a ellos, porque son atractivos para nosotros, y curiosamente no por lo que dicen, sino por cómo lo dicen, cómo lo expresan. Lo hacen de una manera que nos apasionamos, hasta nos convencen de ello aunque al principio lo rechacemos. Y, al final, crees en ello. Y te pones a trabajar para conseguirlo, o cualquier otra cosa que sea lo que están pidiendo que hagas.

Steve Jobs tenía eso. Tal vez es eso que se llama don de gentes. Tal vez era, simplemente, un gran manipulador. Siempre hay diferentes maneras de ver las cosas. Tal vez era atractivo por lo que consiguió. La transformación de Apple es, probablemente, la historia más increíble que se ha visto en el mundo de los negocios. Pero Jobs estuvo a punto de no ser nada, de quedar en un bluff. Su ordenador Macintosh no fue un éxito y le echaron de Apple porque no le aguantaban. Después vagó por otra empresa que creó y con la que no consiguió gran cosa, aunque le salvara Pixar y, en concreto, Lasseter. Pero seguía teniendo sus ideas. Y, al final, en un irónico golpe del destino, Apple volvió a él comprando su compañía y haciéndole Consejero Delegado. Si no lo hubiera hecho, Steve Jobs habría seguido siendo Jobs, pero no hubiera sido la figura idolatrada por los medios que es ahora.

Tal vez nos sentimos atraídos por las figuras que consiguen logros increíbles como aquellos a los que interiormente aspiramos. Tal vez nos volvemos a ellos para descubrir cuál es el secreto de su éxito. Tal vez por eso hacemos de una biografía el libro más vendido: tal vez nos enseñe algo. Tal vez nos enseñe a ser ese alguien que aspiramos ser.

Curiosamente, Steve Jobs no escribió ningún libro. A diferencia de otros gurús de los negocios, que escriben libros con sus historias y en los que describen su visión (estoy pensando en, por ejemplo, Jack Welch), no existen textos suyos que se conozcan. De hecho, lo único que se le parece es su famoso discurso de graduación de Stanford. Es un discurso relativamente corto (¡nada de tochos de 700 páginas!) y simple. En el libro se cuenta que trató de que alguien se lo escribiera (en concreto, nada más y nada menos que Aaron Sorkin). Al final, se acercaba el día, no tenía nada, le entró el pánico y, una noche, se sentó y lo escribió de un tirón y lo revisó con su mujer.

Y se trata de un discurso tremendamente inspirador. Su encanto reside en su sencillez y en su planteamiento. Cuenta tres historias. Como un guion de un episodio de una serie de televisión. Y cada historia tiene su lección vital, por así decirlo. Así que se trata de lo más personal que conozco que haya dicho Jobs. Y, aunque creo que debía ser una persona bastante desagradable en el trato personal y que no debía ser nada, nada fácil estar con él, lo que, desde luego, no le hacía alguien recomendable a imitar, cuando lo leo, y lo vuelvo a leer, también he de reconocer que, efectivamente, tenía algo que lograba arrastrar a los demás. Por eso era Steve Jobs.

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Tú, escritor, seguro que no

Mis compañeros de blog se leen los libros más sesudos y yo me conformo con sacar un rato y leer una novelilla de moda. Y digo novelilla porque decir que Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo es más que un intento, sería bondadoso. Otro ejemplo más de superventas donde el título lo es todo y hubiera dado igual que el libro estuviera en blanco. Menuda patraña a la que han puesto por las nubes. Es lamentable que la literatura actual beba de autores cuya única cualidad como tales, sea desperdigar unas cuantas frases de alto contenido emocional sobre el sentido de la vida, la confianza y el amor. Vomitivo. No dudo que esto pueda conectar con el ser humano, pero de escribir, no tiene ni idea. Ni pies ni cabeza para un no-argumento que me ha recordado a ET. La película tenía más trama que este libro y resultaba menos pretenciosa. Albert debía haber visto al extraterrestre de Spielberg diciendo: “mi casa”, “mi casa” con el dedo corazón en alto antes de escribir su libro. Quizás se hubiera inspirado en su cabezón o en su disfraz de Halloween que hay que reconocer, daba su juego. De haber sido así, habríamos tenido más suerte con una historia aderezada de reflexiones sobre los sueños y que mejor hubieran quedado en un libro de citas o en ningún sitio, para ahorrarnos la desgracia de leerla.

Invito a los lectores del blog a que me digan si esto es novela o libro de autoayuda o qué genero es. Me ha superado. Estoy impactada después de haber pagado por él. Me estoy pensando si en el Corte Inglés me devolverán el dinero…después lo dono a una ONG por el cambio climático. Y sabiendo que ha escrito otro libro que tiene más literatura en el título que en el resto de sus páginas, me voy a hacer donante habitual.

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Comer animales

Que el título de este libro refleja un dilema moral se puede comprobar si se piensa que todas las religiones incluyen indicaciones respecto a qué se puede comer y qué no. Por poner unos ejemplos, los hindúes son lacto-vegetarianos, mientras que los judíos kosher, entre otros alimentos, no pueden tomar cerdo y, por otro lado, los musulmanes exigen que el animal que van a comer haya sido sacrificado de una manera específica.

Estoy convencido de que, por regla general, no somos conscientes cuando comemos carne de que estamos comiendo algo que fue parte de un ser vivo no hace mucho tiempo. Y, cuando digo ser vivo, no lo digo como algo abstracto, sino como un animal que siente, sufre, tiene instintos y necesidades y que podía haber correspondido a cualquier ser humano que le hubiera tratado con cariño.

Simplemente vemos comida, que es algo que nos apetece, que necesitamos y que no hemos probado hace tiempo (sea ese tiempo una hora, medio día o, en el peor de los casos, días). Y, cuando lo probamos, está bueno e incluso muy bueno, y sentimos placer al saborearlo. Es más, aunque esté regular, o mal, la necesidad de comer es esencial para sobrevivir, así que no nos planteamos mucho el origen de la comida, sino que comemos. En esos momentos no hay ningún dilema moral, sino una necesidad vital de subsistir. Así que como para plantearnos ciertas cosas.

Puede que haya ciertas ocasiones en las que estamos aburridos, con las defensas mentales bajas, o, simplemente, que vemos la pata de jamón que vamos a empezar a cortar y, claro, está tan entera, recuerda tanto a la pata de un cerdo de verdad, de esos que hemos visto en la tele, que recordamos que fue un animal. En ese momento, para no cuestionarnos nada más de la cuenta, pensamos que fue un cerdo feliz, que disfrutó por el campo, que tuvo una vida larga, que le cuidaron para estar sano (al fin y al cabo, es para consumo humano), le dieron de comer sano (comiendo bellotas por la dehesa), hasta que le llegó su hora y aquí está, a punto de ser laminado a las manos de un experto cortador jamonero (aunque sea tu obeso pariente lejano). Es su finalidad. Es para lo que le hemos dado una buena vida, así que lo justo es comérselo. Además, está tan bueno.

En el libro de Jonathan Safron Foer, autor que no conocía antes de leer el libro, pero que tiene una cierta reputación con escritor de ficción, alguno de cuyos libros ha sido llevado a la gran pantalla (por ejemplo, “Todo está Iluminado” o la próxima “Tan fuerte tan cerca”, con actores como Tom Hanks o Sandra Bullock, y dirigida por Stephen Daldry), a lo que he descrito anteriormente se le denomina algo así como “el contrato social”, y es una de las justificaciones que las personas se dan a sí mismos para comer animales.

El problema es que si nos lo ponemos a pensar, no hay una gran justificación moral. Matamos a los animales y nos los comemos. Venimos haciendo esto desde que el hombre es hombre. Al fin y al cabo, también al ser humano se lo zampan algunos animales a la menor oportunidad. Por tanto, es una mera cuestión de supervivencia. Comes porque lo necesitas para sobrevivir. Y son animales porque son una buena fuente de sustento, por sus proteínas, hidratos de carbono, grasas, calorías, etc.

La única diferencia es que antes los hombres salían a cazar y, en grupo, aunque uno también sospecha que el más fuerte, ese que era el jefe y se llevaba a todas las hembras de calle, daba el golpe de gracia al animal y volvía al poblado con carne fresca, para que todos comieran. Ahora, sin embargo, tenemos mataderos, donde camiones hasta arriba de animales llegan todos los días y descargan su mercancía para, como en una cadena de montaje cualquiera, ir masacrando todas y cada una de esas vidas para convertirlas en comida inerte que podamos llevar a nuestros platos. Hemos convertido una actividad de supervivencia en una industria más de nuestra sociedad moderna. Y este aspecto de dar de comer, el hecho de que sea una industria, tiene una gran importancia en el libro de Foer.

Supongo que ser vegetariano es una cuestión de elección, pero tampoco muy especialmente razonada, sino que simplemente surge de un convencimiento interior. Se es vegetariano, o no se es. Y si no lo eres, lo que le pasa a la mayoría de las personas, asumes que hay que matar a esos animales cuya carne te vas a comer. De hecho, hasta se trata de un acto que, en ocasiones, tiene algo de acontecimiento social, como las matanzas en los pueblos.

Sólo recuerdo haber presenciado la muerte de un animal una vez, si no tenemos en cuenta las veces que hemos pisado hormigas, cazado lagartijas o matado cucarachas, claro. Y fue en el pueblo. Se trataba de sacrificar una oveja. La gente llevó al animal a una especie de establo que había y mientras uno preparaba el cuchillo, cuatro o cinco personas rodearon el animal y le sujetaron con fuerza.

Tan pronto sintió la oveja la presión de las personas y cómo una le levantaba la cabeza para dejar su cuello expuesto para el del cuchillo, el animal comenzó a pegar chillidos agudos que lo inundaban todo. Chillaba sin parar, cada vez más alto, mientras veía cómo se acercaba su verdugo. Y en cuanto sintió cómo le clavaba el cuello en su garganta y empezaba a cortar, si creías que antes estaba chillando con todas sus fuerzas, te dabas cuenta de lo equivocado que estabas. Trataba de mover las piernas, escaparse. No quería morir. Pero era inevitable. La sangre brotó y brotó, y, poco a poco, los chillidos pararon mientras el animal se quedaba sin aire y sin vida. Cuando empezaron con el tema de abrirla en canal y descuartizarla me dijeron que si me quería acercar, pero, simplemente, me di la vuelta y salí a la calle.

No fue agradable. Pero tampoco fue algo odioso. Simplemente pensé que me daba pena el animal, pero que era necesario. No me parecía que el que la había matado fuera alguien malvado. Alguien tenía que hacerlo. Y, desde luego, no fue una experiencia traumática, ni me hizo ser vegetariano. De hecho, ni se me pasó por la mente una idea así.

Cuando he conocido a algún vegetariano declarado, la verdad es que lo primero que he sentido es un cierto rechazo, supongo que por la idea primaria de que no es algo muy natural que digamos. También creo que he sentido curiosidad, pero, en esencia, mi impresión es que ser vegetariano es una de esas cosas raras que hace la gente rara.

El gran mérito del libro es que, en realidad, no va sobre las razones para ser vegetariano o no. Va sobre el trato a los animales. O, más bien, sobre la industria de la carne de animales.
Porque, volviendo a lo que decíamos antes, el matar animales y convertirlos en comida es una gran industria. Si te lo pones a pensar, es verdad que dar de comer a, ya, 7.000 millones de personas todos los días debe ser una tarea enorme. Y la mayoría de ellos comen, y quieren comer, animales. Y no sólo eso. Además, quieren que sea barato. Y esto último es muy importante. No entenderíamos que darnos de comer fuera cada vez más caro, y tener que renunciar a comer animales simplemente por un tema monetario.

Y es aquí donde el libro sigue el razonamiento lógico que lleva el planteamiento anterior: la gente quiere comer animales, y que sea barato. Y lo que cuenta es de una obviedad aplastante. Ni siquiera necesitas comprobar todos y cada uno de las cosas o datos que te cuenta, perfectamente documentados en 76 páginas de notas.

Así, ves sucederse razonamientos como el amontonamiento de animales en granjas industriales. Por ejemplo, el hecho de que el espacio medio que tiene un pollo a lo largo de su vida sea el equivalente a un folio. También está la manipulación ambiental para engañar a la naturaleza y lograr que la carne crezca lo más posible en el menor espacio de tiempo. La manipulación genética, que lleva a buscar especies animales que maximicen la cantidad de carne, a pesar de que pueda suponer deformaciones o incapacidad para ser un animal y vivir independientemente en el campo.

Como el hecho de que las deformaciones anteriores llevan a animales enfermos, que son tratados masivamente con antibióticos para que no mueran. De hecho, parte de la carne que comes son de animales enfermos en el momento de su muerte, pero, qué más da. Como algunos se vuelven locos por el confinamiento y, de ese modo, es práctica habitual amputar el pico a pollos y pavos, o cortar el rabo a cerdos.

Las sorprendentes estadísticas de la edad media de los animales se suman a la relación de hechos que se suceden a lo largo del libro junto con otras tan obvias como el de qué hacemos con la cantidad de mierda que producen tanto animales, lo que da lugar a lagunas enteras de excrementos, o a que los animales que vas a comer crecen confinados y amontonados sobre sus cagadas y pises. O, ¿cómo diablos alimentamos a tantos animales, si queremos que crezcan para que los podamos matar y comérnoslos? Y el hecho de que la mayor parte del maíz y otros alimentos que se produce se destina al ganado, y de que, por el hecho de que las granjas industriales necesitan energía, controlar la temperatura, grandes campos de cosechas para alimentar los animales e, incluso, el transporte hasta el matadero, que da igual que suponga grandes distancias y un nuevo amontonamiento de animales estresados que puede suponer incluso, en ocasiones, su muerte; todo lo anterior no hace sino que soportar la afirmación de que la industria alimenticia es la mayor contribuyente a la emisión de gases que conducen al cambio climático. Pero, claro, hay que comer carne.

Y rematamos con la descripción de cómo se lleva a cabo el sacrificio de los animales en los mataderos. Y, como en una película de terror, tenemos animales que están siendo descuartizados, o mejor dicho, procesados, mientras aún están vivos. Cómo los trabajadores de los mataderos, muchos de ellos trabajando en condiciones que muchos no podríamos ni soportar, matando un animal tras otro, terminan realizando actos crueles contra los animales, como quemarlos, cortarlos o torturarlos.

Todo lo anterior, y muchas otras cosas, se suceden a lo largo del libro para explicarnos cómo la industria de la carne, y también la de los peces (con detalles sobre las piscifactorías que se asimilan a cualquier granja industrial o la pesca masiva/intensiva, que no discrimina, y que masacra bancos enteros sin reparar en especies), provee de alimentos a la humanidad. Tal vez sea la única forma. Tal vez, simplemente, dado que nos da igual si para comer carne tenemos que matar animales, más igual nos va a dar cómo se cosechan y se sacrifican los animales. Mientras no seamos conscientes de ello, mientras no conozcamos el sufrimiento de los animales, mientras podamos ver la carne, no como algo que una vez fue un ser vivo, sino como un producto más, la industria tiene un gran margen para actuar del modo que le proporcione una rentabilidad mayor. Y, también, así podrá ofrecer la carne más barata para que podamos comprar medio kilo en lugar de un cuarto.

Cuando lees el libro piensas que es tan lógico lo que cuenta que te preguntas por qué no te lo habías imaginado. Y la respuesta es sencilla. Porque no has querido. Es preferible no pensar en ello. No darle vueltas a la idea de que cada filete que comes fue una vez un animal que nació, creció y murió. Por qué ibas a querer pensar en ello. ¿Acaso pretendes que se te indigeste la comida?

Pero el libro también cuenta con dos defectos. En primer lugar, es tremendamente local. Y describe la industria americana. Cuenta con todo lujo de detalles su comportamiento. Lo que, inevitablemente, te lleva a pensar si aquí también pasan estas cosas. ¿De verdad la pata de jamón serrano fue un cerdo que corrió libre y feliz por la Dehesa, comiendo bellotas sin parar, jugando con sus hermanos, tratando de aparearse hasta que le llegó su hora? ¿O en realidad ha crecido en una granja cerrada, en un espacio reducido, sin capacidad para relacionarse con sus congéneres, comiendo lo que ponían, engordando y, cuando entra en la pubertad, metido en un camión y sacrificado?

No tengo respuesta. Nos cuentan que han estado en contacto con la naturaleza. También que ha comido bellotas caídas del árbol o, igual, eso es lo que preferimos entender. En realidad, puede haber comido bellotas, sí, recogidas de los campos y servidas en su espacio, junto con antibióticos, para amortiguar sus dolores. No soy capaz de saber qué proporción de animales crecen como verdaderos animales (que los habrá, estoy seguro) y qué proporción son simplemente un producto recolectado. Lo que sí es verdad es que una vez me presentaron un proyecto de granja de pollos que tenía todas las técnicas de control ambiental que cuenta el libro con el fin de que crecieran rápidos, más gordos y pudieran ser sacrificados antes, lo que, indudablemente, suponía una rentabilidad mayor. Pero desconozco si la carne que estoy comiendo es la que se describe en el libro, o si es la que todos nos imaginamos. Desde un punto de vista mercantilista, cuesta creer que no sea así o que, al menos, no termine siendo así en el futuro.

El segundo pero del libro es su activismo, que resulta tremendamente molesto. Porque el autor toma claramente partido. No por el vegetarianismo, como era de esperar. Sino contra la carne obtenida a través de granjas industriales. Afirma poder entender, e incluso defiende, la carne producida a través de granjas tradicionales, de las que cuidan de los animales, con un granjero que sabe quién es cada uno de los que tiene, a pesar de la castración, del marcaje o similares técnicas tradicionales (y que también critica).

Pero no sólo los defiende, sino que incita a actuar de la misma manera. Y este activismo es excluyente, del que a la vez que defiende, ataca a los que no se comporten del modo que llega a concluir como ideal, o lógico. No se trata sólo de una obra de divulgación. Se trata de un manifiesto propagandístico con un toque de rechazo hacia los que, pese a conocer los datos, decidamos actuar de otra manera. Nunca me han gustado estas posiciones, puesto que adolecen de un cierto tufillo de intolerancia ya que, al fin y al cabo, rechaza de entrada a todo aquel que no comulgue con las ideas y posición de su autor.

El escritor del libro se enfrenta a un dilema frente al hecho de comer animales, que es una constante durante su infancia y juventud. Decide informarse para tomar una decisión. Comparte el resultado de esa investigación. Llega a una conclusión. Y trata de convencerte de que esa posición es la única lógica después de lo que ha expuesto. Todo está muy bien, y el trabajo divulgativo es impresionante, pero, como lector, me gustaría que me dejaran llegar a mis propias conclusiones y que tomara mis propias decisiones, sin que me traten de presionar con la opinión que resultaría si en lugar de actuar de una manera, actúo de otra.
Lo que nos lleva a la que supongo es la pregunta final. Una vez que he leído el libro, ¿he cambiado de vida? ¿Me he hecho vegetariano? ¿Me he apuntado a ONG activistas defensoras de los derechos de los animales?

La verdad es que sé que no voy a renunciar a comer animales. Entiendo que existen numerosas razones para no comerlos. Basta unos segundos para pararse a pensarlo, para encontrar motivos para no hacerlo. Y, quizás, esa es mi actitud. Si puedo escoger entre comer carne, o no hacerlo, va a haber más ocasiones que antes en las que tenderé a no hacerlo. Será una decisión razonada, no el seguimiento de un instinto.

Pero también habrá ocasiones en las que no las haga, bien porque no puedo elegir, por cortesía, por etiqueta, o, simplemente, porque en ese momento me apetece. Y no quiero sentirme culpable por hacerlo. Me alegra pensar que en una sociedad, y un país, con el nivel de desarrollo como aquel en el que vivo, las posibilidades de elegir y decidirme por comida vegetariana serán mayores. De hecho, estoy convencido de que comeré menos carne que antes.

Pero lo haré de vez en cuando. Es posible que hasta incluso algo de carne caiga todos los días. Así que los amigos de las posiciones maximalistas me dirán que eso no es ser vegetariano. Y tendrán razón. No lo seré. Comer, y comer animales, es un instinto que seguimos por una cuestión de supervivencia. La razón prevalece en ocasiones sobre los instintos. En otras, no. Me gustaría que cuando como carne, el animal que como haya tenido, al menos, una vida, y, ojalá, una vida feliz. Pero no podré estar seguro de que haya sido así. Y, aun así, comeré carne.

Me gusta pensar en que el gran avance de la humanidad es poder elegir. Y me sentiré mejor aquellas ocasiones en las que pueda, y quiera, elegir no comer animales. Pensaré que servirá para algo, aunque sólo sea para mí mismo. Pero no sucederá siempre. Y lo sentiré por los animales, cuyo sufrimiento imagino mejor gracias a este libro. Supongo que es frustrante pensar que son la parte débil de esta película. Y que no todas las películas pueden tener un final feliz.

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